Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

María es esa mujer, es la Madre de Dios y nuestra Madre, a quien nos disponemos a celebrar su fiesta grande, el lunes 8 de diciembre, de la Inmaculada Concepción

 

 

 

 

 

“¿Quién será la mujer que a tantos inspiró/ poemas bellos de amor. / Le rinden honor la música y la luz ,/ el mármol, la palabra y el color. / ¿Quién será la mujer, que el rey y el labrador/ invocan en su dolor? / El sabio, el ignorante, el pobre y el señor, / el santo al igual que el pecador.

María es esa mujer, / que desde siempre el Señor se preparó/ para nacer como una flor/ en el jardín que Dios se preparó.

¿Quién será la mujer radiante como el sol, / vestida de resplandor, / la luna a sus pies, el cielo en derredor, /y ángeles cantándole su amor? / ¿Quién será la mujer humilde que vivió en un pequeño taller, /   amando sin milagros, viviendo de su fe, /        la esposa siempre alegre de José?”

María es esa mujer, / que desde siempre el Señor se preparó/ para nacer como una flor/ en el jardín que Dios se preparó”.

La bellísima canción que acabo de reproducir sobre la Virgen María evoca, de manera telegráfica, el encanto generalizado que ha suscitado a lo largo de toda la historia la figura de María Santísima, la Virgen del pueblo y la Virgen de los artistas y de los poetas. La Madre de Dios se ha visto “traducida” en versos inefables y sencillos; en obras de arte -de todas las artes- inmortales y humildes.

España es la tierra de María Santísima. Nuestra geografía está poblada de miles de altares en su honor, ante los que se han arrodillado los pobres y los ricos, los consagrados y los laicos, los obispos y los presbíteros, “el rey y el labrador, el sabio, el ignorante, el pobre, el señor, el santo y pecador”.

Y es que María es el orgullo de nuestra raza. Es esa mujer que desde siempre el Señor se preparó para nacer como una flor en el jardín que a Dios enamoró.

 

 

 

Es la Madre de Dios

¿Qué pensaría, qué sentiría María en los nueve meses de su embarazo de su Jesucristo, su Hijo e Hijo de Dios? Pienso que el primer sentimiento de María y por ende de todas las gestantes es la alabanza, la acción de gracias y la alegría profundas. La Virgen María lo expresó bien a claras en su cántico del Magníficat. Sin dudas, que todas las mujeres embarazadas experimentan sentimientos bien parecidos a aquellos. ¿Por qué no también todos los cristianos que decimos esperar la nueva y definitiva llegada del Señor a nuestras vidas?

¿Nos imaginamos los largos, íntimos y callados diálogos de María Santísima con su Hijo gestante en sus meses de espera maternal y virginal? Hoy día los ginecólogos y pediatras recomiendan a las madres que “hablen”, que “dialoguen”, en susurros, manas y caricias, con el fruto escondido y tan cierto que portan en sus vientres.

 ¿No es la oración, diálogo; no es la canción orar dos veces? Santa Teresa de Jesús, tan doctora como mujer, escribía que orar es tratar de amistad, aun tratando muchas veces a solas, con quien sabemos nos ama.

Toda madre prepara en el hogar y en el corazón un sitio, el mejor sitio posible para el hijo que ha de venir. María y José también buscaban un sitio. Este sitio, este lugar no es sólo un espacio físico. Es, ante todo, el preparar y dedicar la propia y entera existencia -alma, vida y corazón- al niño que va a nacer.

 

Siempre que digo Madre

“Siempre que digo madre voy diciendo tu nombre; siempre que digo madre voy nombrando tu amor… María, Madre mía y Madre del Señor”. Otra hermosa canción mariana.

El amor a la Santísima Virgen es una de las constantes y de las notas de identidad de la religiosidad de nuestro pueblo. ¿Por qué? ¿Por qué es tan querida la Virgen entre el pueblo cristiano? Sin duda alguna que una de las razones estriba en su condición de Madre. La maternidad es una de las realidades más hermosas y más grandes de la vida. Es suerte, es privilegio, es gracia,  excepcionales. El destino y el oficio de la madre son quehaceres difícilmente sustituibles y cuantificables.

Ser madre significa dar noche tras día, día tras noche. La madre es cariño, ternura, cercanía, insomnio, apertura, acogida, donación, entrega, amor sin límites y sin condiciones. La madre nunca debería morir.

De ahí, por ejemplo, que Santa Teresa de Jesús, entonces adolescente de poco más de doce años, al morir su madre, cuando empezó a entender lo que había perdido, afligida se fue a la catedral de Ávila a consolarse con una imagen de la Señora y con muchas lágrimas le suplicó que fuese su madre. Y la súplica dio, según relata ella misma, el resultado esperado.

María la Virgen es la Madre de todas las horas y de todos los días. Y decir madre es decir amor. “Siempre que digo Madre, digo María. Siempre que digo Madre, voy diciendo tu nombre. Siempre que digo Madre voy nombrando tu amor… María, Madre mía y Madre del Señor”.

 

Venerar, amar, invocar, imitar a María

El Concilio Vaticano II señaló y subrayó con las palabras siguientes los cuatro grandes rasgos de la verdadera devoción mariana: “Desde los tiempos más antiguos, sobre todo, desde el Concilio de Éfeso en el año 431, el culto de Pueblo de Dios hacia María ha crecido admirablemente en veneración, en amor, en oración y en imitación”.

Venerar a María es reconocer y aplaudir su grandeza y los prodigios que Dios obró en ella. Es tributar culto a la “llena de gracia”, a la “bienaventurada de todas las generaciones”. Como exclamara su prima Isabel, en la Visitación, fiesta litúrgica que hoy celebramos, la visita y la presencia de María en nuestras vidas es siempre tiempo de gracia y de alabanza: “¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?… ¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”.

Amar a María es amar a nuestra Madre, es amar al orgullo de raza, es amar a la Madre de Jesucristo, de quien nos viene la salvación. El culto a María Santísima requiere un amor efectivo y afectivo, tierno, filial, adulto y generoso. Y es que ¿hará falta decirle a un hijo que ame a su madre?

Invocar a María es acudir en ayuda de quien nos ama y nos socorre perpetuamente. “Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído que ninguno de los que ha acudido a Vos, implorando vuestra asistencia ha sido desamparado de Vos”, exclamaba San Bernardo de Claraval. Y, por su parte, San Francisco de Asís, oraba “Santa María, valedme”. “Ora pro nobis”, “ruega por nosotros”, rezamos constantemente el pueblo fiel.

Imitar a María es la consecuencia lógica de todo lo anterior y la exigencia de nuestra condición de cristianos. Nos miramos en María. Su vida es un evangelio abierto. “¡Madre, que quien me mire, te vea!”.

La Virgen María es la criatura más cercana a Dios y a los hombres y ES el orgullo de nuestra raza. Fomentar, pues, el amor y el culto a la Virgen es, sin duda alguna, necesario, oportuno y gratificante camino pastoral y de vida cristiana.

 


Decálogo mariano recapitulativo

(1) Honrar a María como a la Madre de Dios. María es la mujer del pueblo en quien Dios obró las mayores maravillas y en quien Dios puso su morada entre nosotros en Jesucristo.

(2) Contemplar a María en toda su grandeza. Es Inmaculada y llena de gracia, Virgen y Madre, Asunta a los cielos y glorificada, modelo de todas las virtudes e intercesora de la gracia de Dios.

(3) Admirar a María en toda su sencillez. Tan grande y tan pequeña, María es la humilde esclava del Señor, la “anawin”, la pobre de Yavé.

(4)  Mirarnos en María como en un espejo. Es la llena de gracia. En el espejo de su vida y sus virtudes se reflejan nuestras vidas y se proyectará su luz de conversión y gracia.

(5)  Dios a María no le ahorró sufrimientos. Es también la Virgen de los Dolores y de la Soledad. Es la Virgen de la solidaridad y de los todos los que sufren. Es la Virgen de la Esperanza. Ella es consuelo y esperanza de un pueblo peregrino.

(6)  María nos llama a constantemente a hacer que Él nos diga. Como en Caná, María es siempre el indicador de los caminos de Jesús.

(7)  María ruega constantemente por nosotros, pecadores. Ella es el auxilio de los cristianos, el refugio de los pecadores. Ella vuelve a nosotros esos sus ojos misericordiosos.

(8) Es la Madre de todos los hombres. Tuya y mía también. De los cercanos y de los lejanos, en especial, de los pobres y de los necesitados.

(9) María nos quiere hijos de la Iglesia. Ella es la Madre de Dios. Y nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre.

(10) María es el camino y la plenitud. Ahora en anticipo y después de este destierro en totalidad, nos muestra a Jesús, “fruto bendito de su vientre”. “Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada”.

 

Publicado en Nueva Alcarria el 5 de diciembre de 2025

Por Raúl Pérez Sanz

(Delegación de Liturgia)

 

 

Recuerdo estudiando en el seminario de Sigüenza, solo hace 20 años, que cuando te preguntaban ¿Por dónde se entra a la Iglesia? Nosotros, como buenos estudiantes, contestábamos: Por el Bautísmo, y el profesor de un modo jocoso, nos decía: por la puerta hombre por la puerta.

El bautismo es el primero de los sacramentos y acramento fundamental para la fe cristiana y su significado podemos redescubrirlo a través de varios aspectos bíblicos y teológicos: 

Como primer aspecto clave remarcamos la identificación con Cristo: La inmersión en el agua simboliza la muerte y sepultura de la vida pecaminosa de la persona, todos nacemos con el pecado original y el ser sacado del agua, representa la resurrección a una vida nueva en Cristo (Romanos 6:3-4; Colosenses 2:11-12). Además podemos apunar el aspecto de que el bautismo nos da un nuevo Nacimiento Espiritual: El bautismo, a menudo referido como "nacer de nuevo" del agua y del Espíritu, no es solo un acto simbólico, sino que se considera un nacimiento real a la vida eterna y divina. Dios Padre hace a los bautizados sus hijos adoptivos y partícipes de su vida divina. Así las personas que son bautizadas, somos lavados y regenerados: A través del bautismo, los creyentes son purificados y liberados del pecado original, iniciando una vida justificada por la gracia de Dios. Este sacramento produce en nosotros la Incorporación a la Iglesia: El sacramento es la puerta de entrada a la vida cristiana y a la comunidad de la Iglesia, la familia de Dios. Podemos concluir en estos aspectos que el bautismo es un pacto Sagrado y  de Obediencia: Para los creyentes adultos, el bautismo es un paso de obediencia que demuestra su fe y confianza en Jesús, e implica un compromiso sagrado o pacto con Dios de vivir según su voluntad. Por ello, redescubrir el sentido del bautismo es reconocerlo como el fundamento de la vida cristiana, un don de Dios que transforma al individuo en una "nueva criatura" revestida de Cristo y fortalecida con la fuerza del Espíritu Santo. 

Les invito al hacer este pequeño artículo, a repensar y redescubrir cada uno de nosotros el precioso sacramento bautismal y les comparto algunas afirmaciones sobre el mismo que no debemos olvidar:

 

  • No es un mero símbolo:Es una realidad que transforma, no un simple símbolo.
  • Compromiso de fe:Requiere una fe y una opción radical por Jesucristo, y el compromiso de ser luz del mundo a través de las buenas acciones.
  • Renovación interna:La vestidura blanca que se entrega simboliza la pureza y la renovación del alma tras el sacramento.
  • El agua como símbolo de vida:El agua, fundamental para la vida, también simboliza el renacimiento, el perdón de los pecados (como en el diluvio) y la liberación de la esclavitud del pecado.
  • Una marca para siempre:El alma queda marcada para siempre con una alianza que Dios sella con su marca indeleble. Con el Santo Crisma, somos ungidos en la cabeza, como Sacerdotes, Profetas y Reyes.  

 

Por Jesús de las Heras Muela

(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)

 

 

A propósito de la reciente proclamación, por parte del Papa León XIV, del polifacético cardenal británico San John Henry Newman como doctor de la Iglesia

 

 

 

 

 

El pasado 1 de noviembre el Papa León XIV proclamó doctor de la Iglesia al cardenal británico John Henry Newman (1801-1890), converso del anglicanismo, educador, escritor, teólogo, filósofo, poeta, el ya doctor de la conciencia, modelo luminoso de fe y de búsqueda sincera de la verdad. Su memoria litúrgica es el 9 de octubre. Con él, son ya 38 los doctores de la Iglesia, de ellos cuatro mujeres.

 

 

 

¿Qué es un doctor de la Iglesia?

Los doctores de la Iglesia son santos reconocidos por su erudición, santidad y eminente enseñanza de la fe. El título no se refiere a un doctorado médico o en cualquier otra ciencia, sino a una distinción honorífica por su importante contribución teológica y doctrinal a lo largo de la historia de la Iglesia.

Tres son los criterios fundamentales para ser declarado doctor de la Iglesia. El primero, santidad de vida, esto es, el candidato a doctor de la Iglesia debe haber sido canonizado con vida de gran santidad. En segundo lugar, doctrina eminente. La enseñanza del candidato debe tener una gran profundidad y trascender su época, contribuyendo significativamente a la reflexión teológica. Y, en tercer lugar, el reconocimiento oficial. El título es otorgado formalmente por el Papa.

 

Cuatro padres de la Iglesia latina

San Ambrosio de Milán (340-397), obispo de Milán, teólogo, orador, catequeta. San Jerónimo de Estridón (346-420), filólogo trilingüe y autor de la traducción de la Biblia al latín conocida como Vulgata.

San Agustín de Hipona (354-430), gran escritor y teólogo, autor de “La ciudad de Dios”, de “Comentarios a las Sagradas Escrituras” y de su propia biografía, “Confesiones”. Es el doctor de la gracia.

San Gregorio Magno (540-604), monje benedictino, papa, quien evangelizó a los bárbaros, especialmente en Inglaterra; reformó las costumbres y renovó el canto eclesiástico (de ahí viene el nombre de canto gregoriano).

Sus respectivas memorias litúrgicas el 6 de diciembre, el 30 de septiembre, el 28 de agosto y el 3 de septiembre.

 

Cuatro padres de la Iglesia griega

San Atanasio de Alejandría (296-373), quien combatió el arrianismo, fue denominado el campeón de la ortodoxia. El 2 de mayo es su memoria litúrgica.

San Basilio archimandrita (329-379), quien se distinguió por su elocuencia, por su caridad hacia los pobres y su amor al monacato. Es también llamado Basilio el Grande. San Gregorio Nacianceno (328-389), orador elocuentísimo, teólogo profundo y apóstol de la unión de las dos Iglesias (latina y griega). Era de Capadocia, actual Turquía, al igual que el ya citado San Basilio. A ambos se les celebra el 2 de enero.

San Juan Crisóstomo (347-407) o Juan de Antioquía, patriarca de Constantinopla y el mayor de los oradores cristianos. “Pico de oro” significa el sobrenombre Crisóstomo. Su fiesta es el 13 de septiembre.

 

Más doctores del alba de la Iglesia

Como el Atanasio francés, también por su defensa de la verdadera doctrina, ha pasado a la historia el obispo y teólogo francés San Hilario de Poitiers (300-367), con fiesta el 13 de enero.

Egipcio, San Cirilo de Alejandría (376-444), con fiesta el 27 de junio, es llamado doctor de la encarnación y de la maternidad divina de María. Otros dos doctores de Oriente Medio son el diácono San Efrén de Siria (306-373), poeta, denominado El Místico o El arpa del Espíritu; y el obispo San Cirilo de Jerusalén (315-387), con memorias litúrgicas respectivas el 9 de junio y el 18 de marzo.

Palabra de Oro, el italiano San Pedro Crisólogo (400-450), fue obispo y predicador. El 30 de julio es su fiesta, Nacido también el año 400, el Papa San León Magno destacó por su defensa y clarificación de la verdad de Jesucristo. Murió en el año 461. Su celebración es el 10 de noviembre

Del alba de la historia de la Iglesia fue también el segundo doctor incorporado por el Papa FranciscoSan Ireneo de Lyon (140-202), teólogo, obispo, apologeta, el doctor de la unidad. Francisco también designó doctor de la Iglesia al teólogo, poeta, místico y escritor San Gregorio de Narek (945-1010), el doctor armenio. El 28 de junio y el 27 de febrero son sus respectivas fiestas.

 

Alto y medio Medievo

En el Alto Medievo, nos encontramos a dos doctores de la Iglesia. Uno fue el británico San Beda el Venerable (672-735), monje benedictino, historiador; y otro, el monje del desierto, de origen sirio, San Juan Damasceno (675-749).

San Pedro Damián (1007-1072), monje benedictino, cardenal, filósofo y precursor de la reforma gregoriana, italiano. San Anselmo (1033-1109), el doctor magnífico, nació en Aosta (Italia), fue arzobispo de Canterbury (Inglaterra), monje benedictino, teólogo, definió a la teología como “la fe que busca la inteligencia”.

Llamado doctor melifluo, el francés San Bernardo de Claraval (1090-1153) fue monje cisterciense, abad y fundador. Destacado teólogo, predicador y escritor, fue también gran devoto de la Virgen María.

Sus memorias litúrgicas son el 25 de mayo, el 4 de diciembre, el 21 de febrero, el 21 de abril y 20 de agosto, respectivamente.

 

Bajo Medievo         

Dos dominicos, los dos del siglo XII, doctores de la Iglesia fueron San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino. El primero, de origen alemán vivió entre los años 1200 y 1280. Fue obispo, teólogo, científico, es el doctor experto, el doctor universal. Por su parte, el italiano Tomás de Aquino (1225-1274) es el doctor angélico y uno de los más destacados teólogos de toda la historia.

Hay también otros dos franciscanos, del siglo XIII.  El primero en el tiempo fue el luso-italiano San Antonio de Padua ((1195-1231), predicador, teólogo, modelo de caridad, el doctor evangélico. Y el segundo es San Buenaventura de Bagnoreggio (1221-1274), profesor, obispo, cardenal, teólogo, predicador, el doctor seráfico.

Sus memorias litúrgicas respectivas son el 15 de noviembre, el 28 de enero, el 13 de junio y el 15 de julio.

 

Renacimiento y barroco

El jesuita holandés San Pedro Canisio (1521-1597) fue teólogo, predicador, catequeta. Francés, obispo de Ginebra, en el comienzo del calvinismo, fundador, escritor fue San Francisco de Sales (1567-1622), patrono de los periodistas y escritores católicos. Es el doctor de la caridad.

Jesuita, profesor, apologeta, teólogo, obispo, cardenal, denominado martillo de herejes, fue San Roberto Belarmino (1541-1621). Y predicador popular y fraile capuchino fue San Lorenzo de Brindisi (1559-161), el doctor apostólico. Ambos italianos.

Patrono de los moralistas y de los confesores, especialista también en Mariología, denominado el doctor celosísimo, fue San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), teólogo, italiano, fundador y obispo.

El 21 de diciembre, el 24 de enero, el 17 de septiembre, el 21 de julio y el 1 de agosto son las fechas respectivas de sus fiestas.

 

Cuatro mujeres

La primera mujer en ser proclamada doctora de la Iglesia fue la española Santa Teresa de Jesús (1515-1582), monja carmelita descalza, reformadora, fundadora, escritora. Es la doctora mística. Después lo fue la italiana Santa Catalina de Siena (1347-1380), terciaria dominica, escritora, mística, impulsora de la paz, la doctora pontificia.

Santa Teresita de Lisieux (1873-1897), monja carmelita descalza francesa, escritora, es la doctora del amor. Y la cuarta mujer doctora de la Iglesia es Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), alemana, monja benedictina, abadesa, mística, profetisa, médica, compositora y escritora, la doctora sibila.

Respectivamente, el 15 de octubre, el 29 de abril, el 1 de octubre y el 17 de septiembre son sus memorias litúrgicas

 

Otros tres doctores españoles más

Junto a la ya citada Santa Teresa de Jesús, son españoles San Isidoro de Sevilla (560-636), obispo de Sevilla en la Iglesia visigótica española, autor de “Las etimologías”; y San Juan de la Cruz (1542-1591), poeta, asceta, místico, fraile carmelita descalzo, el doctor místico.

Y el tercero es San Juan de Ávila (1500-1569), proclamado doctor de la Iglesia en 2012, fue sacerdote, misionero, predicador, escritor, consejero y polifacético.   Su memoria litúrgica es el 10 de mayo; y el 26 de abril es San Isidoro de Sevilla y el 14 de diciembre, San Juan de la Cruz.

 


 

Así se refirió el Papa León XIV al cardenal Newman

Beatificado en Londres por Benedicto XVI en 2010 y canonizado en Roma por Francisco en 2019, San John Henry Newman ha sido proclamado doctor de la Iglesia el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos y día del Jubileo Romano del Mundo Educativo. Y, aludiendo a todo ello, así se expresó León XIV

“En esta solemnidad de Todos los Santos, es una gran alegría inscribir a San John Henry Newman entre los doctores de la Iglesia y, al mismo tiempo, con motivo del Jubileo del Mundo Educativo, nombrarlo compatrono, junto con Santo Tomás de Aquino, de todas las personas que forman parte del proceso educativo. La imponente estatura cultural y espiritual de Newman servirá de inspiración a las nuevas generaciones, con un corazón sediento de infinito, dispuestas a realizar, por medio de la investigación y del conocimiento, aquel viaje que, como decían los antiguos, nos hace pasar per aspera ad astra, es decir, a través de las dificultades, hasta las estrellas”.

“Entre el legado perdurable de San John Henry se encuentran, en este sentido, algunas contribuciones muy significativas a la teoría y la práctica de la educación. «Dios —escribía—me ha creado para hacerle algún servicio definido. Me ha encomendado alguna obra que no ha dado a otro. Tengo mi misión. Nunca podré conocerla en esta vida, pero me será revelada en la otra»”.

“San Agustín, a quien san John Henry Newman apreciaba tanto, dijo una vez que somos compañeros de escuela que tienen un solo maestro, cuya escuela y cátedra están en la tierra y en el cielo respectivamente (cf. Sermón 292,1)”.

 

Publicado en Nueva Alcarria el 28 de noviembre de 2025

Por Juan Pablo Mañueco

(escritor y periodista)

 

 

 

Una “victoriola” es una estrofa formada por dos liras que van en medio de dos cuartetos, combinando la prestancia y delicadeza de la lira con la elegancia de los cuartetos. 

Veamos cómo funciona la victoriola para expresar la armonía de la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. Y quien quiera conocer otros ejemplos de victoriolas, sepa que aquí los puede encontrar.

 

https://aache.com/quince-nuevas-estrofas/

 

                                              

VICTORIOLA DE LA SAGRADA FAMILIA DE BARCELONA

 

 

Prodigio vertical de tubo en roca

que rozas a los cielos con la punta

de armonía cónica en piedra, asunta

por bóveda celeste que a Dios toca.

 

Hasta el aire se ordena

y se detiene, en asombrada boca,

Gaudí, cuando resuena

Basílica que choca

sus torres contra ángeles, que convoca,

 

los cuales, con los fuelles

de sus alas dan aire a iglesia alada,

para que nombre reyes

a Familia Sagrada,

por pináculos al cielo acercada.

 

Torsionado roquedo, altar en loca

melodía ascendente que pregunta

a Dios, con la alta fe que hacia Él apunta

y al cielo azul, al que la piedra invoca.

 

No estás hecha para este planeta, urbana sierra.

Cuando retorne Dios a bajar hasta la Tierra,

ya tendrá casa acabada; y será ésa la hora

de oír voz y órgano a Dios, que en ti mora.

 

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