La Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que la Iglesia católica celebra en la fiesta de la Ascensión del Señor, alcanza el medio siglo de existencia. El Concilio Vaticano II promovió la iniciativa para “vigorizar” el valor de los medios de comunicación en las comunidades cristianas y en los fieles, como es realidad cada vez con más incidencia en las sociedades y en los individuos. La Jornada  

Para la 50 Jornada de Comunicaciones Sociales, que es el 8 de mayo, la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social ha preparado los materiales orientadores que distribuye por diócesis y parroquias. El lema de este año se inspira en el Jubileo de la Misericordia y dice: “Comunicación y Misericordia: un encuentro fecundo”. Sobre él reflexiona el papa Francisco en su mensaje, que titula “Llamados a quitarse las sandalias”. Como es habitual todos los años, los obispos de la Comisión Episcopal de Medios de la CEE han publicado otro mensaje que trata sobre la piratería en el cine. En él analizan el fenómeno desde la doctrina social católica y dan una valoración de tal comportamiento.

 

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA 50 JORNADA MUNDIALDE LAS COMUNICACIONES SOCIALES 

 

Comunicación y Misericordia: un encuentro fecundo

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Año Santo de la Misericordia nos invita a reflexionar sobre la relación entre la comunicación y la misericordia. En efecto, la Iglesia, unida a Cristo, encarnación viva de Dios Misericordioso, está llamada a vivir la misericordia como rasgo distintivo de todo su ser y actuar. Lo que decimos y cómo lo decimos, cada palabra y cada gesto debería expresar la compasión, la ternura y el perdón de Dios para con todos. El amor, por su naturaleza, es comunicación, lleva a la apertura, no al aislamiento. Y si nuestro corazón y nuestros gestos están animados por la caridad, por el amor divino, nuestra comunicación será portadora de la fuerza de Dios.

Como hijos de Dios estamos llamados a comunicar con todos, sin exclusión. En particular, es característico del lenguaje y de las acciones de la Iglesia transmitir misericordia, para tocar el corazón de las personas y sostenerlas en el camino hacia la plenitud de la vida, que Jesucristo, enviado por el Padre, ha venido a traer a todos. Se trata de acoger en nosotros y de difundir a nuestro alrededor el calor de la Iglesia Madre, de modo que Jesús sea conocido y amado, ese calor que da contenido a las palabras de la fe y que enciende, en la predicación y en el testimonio, la «chispa» que los hace vivos.

La comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad. Es hermoso ver  personas que se afanan en elegir con cuidado las palabras y los gestos para superar las incomprensiones, curar la memoria herida y construir paz y armonía. Las palabras pueden construir puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales y los pueblos. Y esto es posible tanto en el mundo físico como en el digital. Por tanto, que las palabras y las acciones sean apropiadas para ayudarnos a salir de los círculos viciosos de las condenas y las venganzas, que siguen enmarañando a individuos y naciones, y que llevan a expresarse con mensajes de odio. La palabra del cristiano, sin embargo, se propone hacer crecer la comunión e, incluso cuando debe condenar con firmeza el mal, trata de no romper nunca la relación y la comunicación.

Quisiera, por tanto, invitar a las personas de buena voluntad a descubrir el poder de la misericordia de sanar las relaciones dañadas y de volver a llevar paz y armonía a las familias y a las comunidades. Todos sabemos en qué modo las viejas heridas y los resentimientos que arrastramos pueden atrapar a las personas e impedirles comunicarse y reconciliarse. Esto vale también para las relaciones entre los pueblos. En todos estos casos la misericordia es capaz de activar un nuevo modo de hablar y dialogar, como tan elocuentemente expresó Shakespeare: «La misericordia no es obligatoria, cae como la dulce lluvia del cielo sobre la tierra que está bajo ella. Es una doble bendición: bendice al que la concede y al que la recibe» (El mercader de Venecia, Acto IV, Escena I).

Es deseable que también el lenguaje de la política y de la diplomacia se deje inspirar por la misericordia, que nunca da nada por perdido. Hago un llamamiento sobre todo a cuantos tienen responsabilidades institucionales, políticas y de formar la opinión pública, a que estén siempre atentos al modo de expresase cuando se refieren a quien piensa o actúa de forma distinta, o a quienes han cometido errores. Es fácil ceder a la tentación de aprovechar estas situaciones y alimentar de ese modo las llamas de la desconfianza, del miedo, del odio. Se necesita, sin embargo, valentía para orientar a las personas hacia procesos de reconciliación. Y es precisamente esa audacia positiva y creativa la que ofrece verdaderas soluciones a antiguos conflictos así como la oportunidad de realizar una paz duradera. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. […] Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,7.9).

Cómo desearía que nuestro modo de comunicar, y también nuestro servicio de pastores de la Iglesia, nunca expresara el orgullo soberbio del triunfo sobre el enemigo, ni humillara a quienes la mentalidad del mundo considera perdedores y material de desecho. La misericordia puede ayudar a mitigar las adversidades de la vida y a ofrecer calor a quienes han conocido sólo la frialdad del juicio. Que el estilo de nuestra comunicación sea tal, que supere la lógica que separa netamente los pecadores de los justos. Nosotros podemos y debemos juzgar situaciones de pecado –violencia, corrupción, explotación, etc.–, pero no podemos juzgar a las personas, porque sólo Dios puede leer en profundidad sus corazones. Nuestra tarea es amonestar a quien se equivoca, denunciando la maldad y la injusticia de ciertos comportamientos, con el fin de liberar a las víctimas y de levantar al caído. El evangelio de Juan nos recuerda que «la verdad os hará libres» (Jn 8,32). Esta verdad es, en definitiva, Cristo mismo, cuya dulce misericordia es el modelo para nuestro modo de anunciar la verdad y condenar la injusticia. Nuestra primordial tarea es afirmar la verdad con amor (cf. Ef 4,15). Sólo palabras pronunciadas con amor y  acompañadas de mansedumbre y misericordia tocan los corazones de quienes somos pecadores. Palabras y gestos duros y moralistas corren el riesgo hundir más a quienes querríamos conducir a la conversión y a la libertad, reforzando su sentido de negación y de defensa.

Algunos piensan que una visión de la sociedad enraizada en la misericordia es injustificadamente idealista o excesivamente indulgente. Pero probemos a reflexionar sobre nuestras primeras experiencias de relación en el seno de la familia. Los padres nos han amado y apreciado más por lo que somos que por nuestras capacidades y nuestros éxitos. Los padres quieren naturalmente lo mejor para sus propios hijos, pero su amor nunca está condicionado por el alcance de los objetivos. La casa paterna es el lugar donde siempre eres acogido (cf. Lc 15,11-32). Quisiera alentar a todos a pensar en la sociedad humana, no como un espacio en el que los extraños compiten y buscan prevalecer, sino más bien como una casa o una familia, donde la puerta está siempre abierta y en la que sus miembros se acogen mutuamente.

Para esto es fundamental escuchar. Comunicar significa compartir, y para compartir se necesita escuchar, acoger. Escuchar es mucho más que oír. Oír hace referencia al ámbito de la información; escuchar, sin embargo, evoca la comunicación, y necesita cercanía. La escucha nos permite asumir la actitud justa, dejando atrás la tranquila condición de espectadores, usuarios, consumidores. Escuchar significa también ser capaces de compartir preguntas y dudas, de recorrer un camino al lado del otro, de liberarse de cualquier presunción de omnipotencia y de poner humildemente las propias capacidades y los propios dones al servicio del bien común.

Escuchar nunca es fácil. A veces es más cómodo fingir ser sordos. Escuchar significa prestar atención, tener deseo de comprender, de valorar, respetar, custodiar la palabra del otro. En la escucha se origina una especie de martirio, un sacrificio de sí mismo en el que se renueva el gesto realizado por Moisés ante la zarza ardiente: quitarse las sandalias en el «terreno sagrado» del encuentro con el otro que me habla (cf. Ex 3,5). Saber escuchar es una gracia inmensa, es un don que se ha de pedir para poder después ejercitarse practicándolo.

También los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales, los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas. No es la tecnología la que determina si la comunicación es auténtica o no, sino el corazón del hombre y su capacidad para usar bien los medios a su disposición. Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad, pero también pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos. El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral. Pido que el Año Jubilar vivido en la misericordia «nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación» (Misericordiae vultus, 23). También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada. La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común.

La comunicación, sus lugares y sus instrumentos han traído consigo un alargamiento de los horizontes para muchas personas. Esto es un don de Dios, y es también una gran responsabilidad. Me gusta definir este poder de la comunicación como «proximidad». El encuentro entre la comunicación y la misericordia es fecundo en la medida en que genera una proximidad que se hace cargo, consuela, cura, acompaña y celebra. En un mundo dividido, fragmentado, polarizado, comunicar con misericordia significa contribuir a la buena, libre y solidaria cercanía entre los hijos de Dios y los hermanos en humanidad.

Vaticano, 24 de enero de 2016

Francisco

El Via Lucis, o camino de la luz, es decir las estaciones de la Resurrección de Cristo, complementan las estaciones de la cruz, o Via Crucis que conmemora la Pasión de Jesús. A diferencia de la forma tradicional de las Estaciones de la Cruz —aunque en común con la forma de revisión presentado por el papa Juan Pablo II el Viernes Santo de 1991—, todas las estaciones de la Resurrección se basan en hechos registrados en los cuatro evangelios y en los Hechos de los Apóstoles.

Primera estación: Jesús resucita y conquista la vida verdadera (Mt 28: 5-6).

Segunda estación : dos mujeres seguidoras de Cristo encuentran su sepulcro vacío. (Jn 20: 1-8)

Tercera estación: Jesús resucitado se aparece a María Magdalena (Jn 20: 14-18).

Cuarta estación: Jesús se aparece en el camino a Emmaus (Lc 24: 10-30).

Quinta estación: reconocen a Jesús resucitado al partir el pan (Lc 24: 30-35).

Sexta estación: Jesús resucitado se aparece a los discípulos en Jerusalén (Lc 24: 36-40).

Séptima estación: Jesús resucitado da su paz a los discípulos y el poder de perdonar pecados (Jn 20: 19-23).

Octava estación: Jesús resucitado refuerza la fe de Tomás. (Jn 20: 24-29).

Novena estación: Jesús se aparece en el mar de Tiberíades (Jn 21: 1-12).

Décima estación: San Pedro le reitera su amor a Jesús. (Jn 21:15-19).

Undécima estación: Jesús resucitado envía a los discípulos (Mt 28: 19-20).

Duodécima estación: la Ascensión de Jesús (Lc. 24:50-53).

Decimotercera estación: María y los discípulos esperan en oración la venida del Espíritu Santo (Hch 1: 12-14).

Decimocuarta estación: La venida del Espíritu Santo, llamada Pentecostés (Hc. 2: 1-13).

Año de la Misericordia

El papa Francisco nos recomienda, para este año extraordinario de gracia, meditar las obras de misericordia corporales y espirituales, que en total son catorce: “Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos” (MV 15).

De entre las obras de misericordia corporales, me fijaré en la de “vestir al desnudo”, por su relación con nuestro ministerio sacerdotal, con nuestra identidad de ser mediación de la misericordia divina, y porque hemos sido revestidos de la dignidad sagrada.

Misionero de la Misericordia

He tenido el privilegio, inmerecido, de haber sido nombrado por el papa Francisco Misionero de la Misericordia, y por este motivo, fui testigo de las palabras que dirigió en la sala regia de los palacios apostólicos a los misioneros de todo el mundo – cerca de 800, de los 1200-, invitados al inicio de la Cuaresma a acudir a Roma, para ser enviados en nombre del Papa a todos los rincones de la tierra para anunciar y llevar el tesoro del perdón y de la misericordia del Padre Dios.

Debo decir que la reflexión que os ofrezco, sobre la obra de misericordia de “vestir al desnudo”, tiene resonancias de las palabras que nos dirigió el papa Francisco a los Misioneros de la Misericordia, el día 9 de febrero. En aquella ocasión, se me hizo muy novedosa la exégesis papal sobre el texto de Gn 9, en el que se narra el gesto de los hijos de Noé de cubrir con una manta la desnudez de su padre, para devolverle, según Francisco, la dignidad de padre. Desde el comentario papal comencé a elaborar una nueva interpretación de los relatos en los que aparece el manto, la manta, la túnica, el vestido, la capa, el sayal…

El desnudo

Ante un cuerpo desnudo cabe la frivolidad, la curiosidad malsana, el afán posesivo y egoísta, la cosificación de la persona, o cabe también la contemplación de la belleza del cuerpo humano, de la obra maestra del Creador, como nos lo muestra el arte en tantas ocasiones.

La referencia al desnudo nos puede traer a la mente imágenes muy dramáticas, en algunos casos hasta escandalosas, sangrientas, vejatorias, indignas, sensuales, pero en otros casos se puede contemplar un movimiento radical de conversión, de cambio de vida, de penitencia, de generosidad, hasta de heroísmo, de novedad de vida, y de resurrección. ¿Quién no conoce la historia de Francisco de Asís, que como gesto de su emancipación de la casa familiar y de su total pertenencia a Dios, se desnudó en público, abandonó sus ricas ropas de hijo de Bernardone, y fue cubierto con la capa del propio obispo en medio de la plaza de Asís?

En el arte es fácil descubrir la expresividad de la anatomía humana; la encontramos en las obras que representan a santos penitentes y en los mártires: San Pablo ermitaño, San Jerónimo, San Sebastián, Santa María Magdalena, Santa María Egipciaca… También Cristo crucificado y resucitado, y la imagen del Niño Jesús se representan desnudos. Se puede interpretar que la voluntad del artista no solo es demostrar su destreza, sino que también, en muchos casos, obedecía al canon de representar la humanidad redimida, convertida, nueva, perfecta. Así lo explican San Juan Pablo II y Benedicto XVI en la celebración de diversos acontecimientos y aniversarios de la capilla Sixtina. “Cuando Miguel Ángel plasmó el Juicio Final, trata de devolver a esa visibilidad de Adán, a su corporeidad, los rasgos de la antigua belleza. Más aún, con gran audacia, transmite esa belleza visible y corpórea al mismo Creador invisible”. “La capilla Sixtina, si se puede hablar así, es precisamente el santuario de la teología del cuerpo humano. Al dar testimonio de la belleza del hombre creado por Dios varón y mujer, la capilla Sixtina expresa también, en cierto modo, la esperanza de un mundo transfigurado, el mundo que inauguró Cristo resucitado y, antes aún, en el monte Tabor.” (Juan Pablo II, Homilía en la inauguración de la restauración de los frescos de la Capilla Sixtina, 8 de abril 1994).

El papa Benedicto XVI nos enseña magistralmente: “El cuerpo es el lugar donde el espíritu puede habitar. A la luz de esto se puede entender que nuestros cuerpos no son materia inerte, pesada, sino que hablan, si sabemos escuchar, con el lenguaje del amor verdadero. Podemos afirmar que el cuerpo, al revelarnos el Origen, lleva consigo un significado filial, porque nos recuerda nuestra generación, que, a través de nuestros padres que nos han dado la vida, nos hace remontarnos a Dios Creador. El hombre sólo puede aceptarse a sí mismo, sólo puede reconciliarse con la naturaleza y con el mundo, cuando reconoce el amor originario que le ha dado la vida. Cuando se lo separa de su sentido filial, de su conexión con el Creador, el cuerpo se rebela contra el hombre, pierde su capacidad de reflejar la comunión y se convierte en terreno de apropiación del otro”. (Benedicto XVI, discurso, 13 de mayo 2011).

Reacción de piedad

Ante una persona desnuda, por causa de pobreza es deber de piedad arroparla. Esta obra de misericordia es clara, y al igual que en las demás obras de sentido corporal, no cabe mirar hacia los lados para evadir el compromiso del gesto solidario y comprometido. Se puede y se debe, sin duda, interpretar en sentido literal. Es conocida la historia de San Martín de Tours, quien, a la entrada de la ciudad de Amiens, cuando cruzaba la puerta con su caballo, vio a un pobre semidesnudo. El soldado Martín se bajó de su cabalgadura, partió su capa por la mitad, y cubrió la desnudez del pobre. Cuenta la historia, que al ir avanzando por las calles de la ciudad, Martín tuvo la visión de Jesucristo, que iba cubierto con la media capa que le había regalado al pobre.

Puede que se trate, según entiende Francisco, de ofrecer el manto que devuelve la dignidad a una persona o puede que, según el mandamiento, se trate de la pieza de abrigo necesaria, que no podemos retener ni especular con ella, porque significa lo más esencial del ser humano, el equipamiento mínimo para poder subsistir y no morir de frío. Hay mantos de paño, de lana, de abrigo, de pieles, manto real, sacerdotal, de boda

Vestir al desnudo también se puede referir a ponerle un manto en sentido espiritual, como es la fama personal, el prestigio, la honra, la dignidad. Desde estas resonancias, esta obra de misericordia adquiere un significado más amplio, no solo el gesto material de dar un vestido, capa o manto, tantas veces en nuestra sociedad vaciando nuestros armarios de ropa usada, sino que también consiste en restituir el honor perdido, la fama, el buen nombre a quienes han podido verse calumniados, acusados injustamente, despreciados por motivos xenófobos, políticos, religiosos.  Aunque es muy difícil que una persona abusada, maltratada por calumnia, por denuncias falsas, y hasta con la pena de cárcel injusta, recobre después la serenidad de ánimo y se restablezca socialmente, por misericordia deberemos extender el manto de la dignidad de persona, al que tienen derecho todos los seres humanos, incluso los delincuentes. Más aún si tenemos presente la sentencia de Jesús: “En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios” (Mt 21, 31)

Me comentaba un P. General que hoy existen nuevos leprosos, de los que quizá huimos, porque nos contamina la relación posible con ellos, como son las personas denunciadas por algunos delitos o tachadas socialmente. ¿Qué hacer con quienes por diversas circunstancias han sido denunciadas, incluso justamente? ¿Los abandonamos a su suerte, los olvidamos, los desconocemos? El P. General, que me confesaba que tenía miembros de su Orden separados del ministerio sacerdotal, creía sin embargo, que no podía desentenderse de aquellos hermanos que habían vivido muchos años como miembros de la familia. Vestir con el manto de la misericordia no significa encubrir, ni tapar el delito. La misericordia de vestir al desnudo no implica ocultación de la realidad. “En nombre de la misericordia no se puede ocultar conscientemente la verdad sobre una realidad” (P. Fraile. “Entrañas de misericordia”, PPC. Madrid 2016, 24). Pero sí saber distinguir entre pecado y pecador. “El juicio solo es de Dios” (Ib).

Cubrir, vestir, tapar o desnudar, despojar, retener el manto, son acciones con significación muy amplia y a veces contrapuesta; su interpretación adecuada depende del contexto. En todo caso, es precepto sagrado que nunca podemos despojar a nadie de su dignidad, ni deberemos irnos a dormir sin considerar a las personas como Dios las considera. “Que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo” (Ef 4, 26), dice el texto bíblico. Y como señala el mandato de Moisés, no deberíamos permitir que nadie sufriera una intemperie injusta. “Si ves extraviada alguna res del ganado mayor o menor de tu hermano, no te desentenderás de ella, sino que se la llevarás a tu hermano. Y si tu hermano no es vecino tuyo, o no le conoces, la recogerás en tu casa y la guardarás contigo hasta que tu hermano venga a buscarla; entonces se la devolverás- Lo mismo harás con su asno, con su manto, o con cualquier objeto perdido por tu hermano que tú encuentres; no puedes desentenderte” (Ex 22, 2-3). A su vez, dice Jesús: “Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto” (Mt 5, 40).

Sentimiento de vergüenza

En el discurso, que nos dirigió a los misioneros, Francisco evocó dos textos bíblicos del libro del Génesis (Gn 3. 7-11 y Gn 9, 1ss). En ambos pasajes aparece la circunstancia de la desnudez y la referencia al vestido o manto.

El primer texto alude a la experiencia de Adán y Eva, después del pecado: El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?». Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí». El Señor Dios le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo? (Gn 3, 7-11). Este fue el pasaje citado por el Papa, quien comentó: Desde las primeras páginas, la Biblia habla de la vergüenza. Después del pecado de Adán y Eva, el autor sagrado observa de inmediato: «Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron» (Gn 3, 7). La primera reacción de esta vergüenza es la de esconderse de Dios (cf. Gn 3, 8-10). Más adelante el texto dice: “El Señor Dios hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió” -??????? – (Gn 3:21 BGT).

El segundo texto fue para mí el más revelador, por la interpretación novedosa de Francisco. El pasaje al que se refirió el Papa alude a Noé, hombre justo y querido por Dios: Transcribo, por su originalidad, algunas frases del comentario que nos hizo el Papa, especialmente aplicado al ministerio del perdón sacramental, desde el pasaje de Noé: “Quisiera recordar un elemento del que no se habla mucho, pero que es, por el contrario, determinante: la vergüenza. No es fácil ponerse frente a otro hombre, incluso sabiendo que representa a Dios, y confesar el propio pecado. Se siente vergüenza tanto por lo que se ha cometido, como por tener que confesarlo a otro. La vergüenza es un sentimiento íntimo que incide en la vida personal y que exige por parte del confesor una actitud de respeto y de ánimo. Muchas veces la vergüenza te deja mudo y… El gesto, el lenguaje del gesto. Y continuó asombrándonos el Papa con el recurso a la Biblia, para fundamentar su pensamiento sobre el perdón y la misericordia: “Noé en la Biblia se considera un hombre justo; sin embargo, no está exento de pecado: su estar ebrio nos hace darnos cuenta de lo mucho que él también era débil, hasta el punto de menoscabar su dignidad, que la Escritura expresa con la imagen de la desnudez. Dos de sus hijos, sin embargo, toman el manto y lo cubren para restituirle la dignidad de padre” (cf. Gn 9, 18-23).

“Este pasaje me hace decir lo importante que es nuestro papel en la confesión. Frente a nosotros hay una persona «desnuda», con su debilidad y sus límites, con la vergüenza de ser un pecador, y muchas veces sin lograr decirlo. No lo olvidemos: frente a nosotros no hay pecado, sino el pecador arrepentido, el pecador que quisiera no ser así, pero no puede. Una persona que siente el deseo de ser acogida y perdonada. Un pecador que promete que ya no quiere alejarse de la casa del Padre y que, con las pocas fuerzas que le quedan, quiere hacer de todo para vivir como hijo de Dios. Por lo tanto, no estamos llamados a juzgar con un sentimiento de superioridad, como si nosotros fuésemos inmunes al pecado; al contrario, estamos llamados a actuar como Sem y Jafet, los hijos de Noé, que tomaron una manta para salvaguardar al propio padre de la vergüenza” (Francisco, discurso a los Misioneros de la Misericordia, 9 de febrero, 2016)

La cita bíblica y la exégesis de Francisco me han llevado a otro texto semejante, que del mismo modo, desde la clave de la misericordia, que se explicita con el gesto de cubrir con el manto la desnudez, y la vergüenza, el profeta Ezequiel ofrece un relato bellísimo, al narrar el modo como Dios trató a su pueblo. El profeta en una descripción realista, para decir hasta dónde llega el gesto de Dios de cubrir nuestra desnudez y vergüenza, narra la elección de Israel con la imagen del rescate de una niña abandonada. “Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti para cubrir tu desnudez –el texto original dice extendí el borde de mis alas-, Te lavé con agua, te limpié la sangre que te cubría y te ungí con aceite. Te puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te revestí de seda. Lucías joyas de oro y plata, vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una reina” (Ez 16, 8-13). Aunque en el texto griego, que traduce el original hebreo del profeta (Ez 16, 8), no se encuentra la misma palabra que en el libro del Génesis (manto-???????), sin embargo, algunos traductores interpretan el gesto de Dios con su pueblo semejante al de la acción de los hijos de Noé, de extender el manto para cubrir la desnudez y librar de la vergüenza. “Ccontinuabas completamente desnuda. Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti para cubrir tu desnudez” (Ez 16, 7-8).

En definitiva, ante el desnudo, en el más extenso sentido del término “desnudo”, la reacción adecuada es la que tuvieron los hijos de Noé, y el mismo Dios con Adán y Eva y con el pueblo. ¡Cuántas veces el obsequio del silencio y del respeto, se convierte en manto, mientras que el comentario frívolo, la insinuación de doble sentido, el chiste jocoso, la palabra gruesa, desnudan y despojan!

Despojarse

En un sentido contrario a la desnudez por pobreza o la que se sufre por causa del pecado, cabe desnudarse para significar conversión, cambio de vida. El rey de Nínive (Jo 3, 6), y el rey Ajab (1Re 21, 27), denunciados por los profetas, se despojaron de sus vestiduras reales –los LXX traducen estolas-, y se vistieron de saco y ceniza, como manifestación pública de su conversión. De una forma semejante, David (2Sam 12, 16), al reconocer su pecado, dormía en el suelo, penitente. En el Nuevo Testamento tenemos la alusión al ciego de Jericó, que abandona el manto, ?? ??????? (Mar 10:50 BGT) Y un texto muy simbólico lo encontramos en el Evangelio de San Marcos, cuando en el relato de la Pasión, echan mano a un seguidor de Jesús envuelto en una sábana, ??????? (Mar 14:51 BGT), y él se escapa desnudo (Mc 14, 51-52). En este caso se interpreta el desnudo como anticipo de resurrección.

Si ampliamos el contexto, encontramos que el gesto de los hijos de Noé de cubrir con el manto a su padre para devolverle la dignidad, se contrapone al de Jesús, en los relatos de la cena de Señor, cuando, según el Cuarto Evangelio (Jn 13), Jesús se quita el manto, y se pone a los pies de los discípulos a lavarles los pies (??????), gesto con el que el Maestro dignifica a los apóstoles. Y aún es más sobrecogedor, al comprobar que el mismo término lo encontramos para señalar las ropas que nos deja Jesús al pie de la Cruz, al tiempo que el cuerpo del Nazareno permanece desnudo y elevado en alto. Aquí se puede evocar el pasaje del Génesis 37, cuando José, el hijo amado de Jacob, es despojado de su túnica por sus hermanos.

En el proceso contemplativo, se asocian las imágenes y saltan preguntas trascendentes: ¿Qué representa la túnica confeccionada por Dios, con la que reviste a Adán y a Eva? ¿Qué sentido tiene el manto con el que cubren los hijos de Noé la desnudez de su padre? ¿Qué profetiza la túnica de José? ¿Acaso es profecía del manto-túnica del que Jesús se despoja para devolvernos la dignidad de hijos de Dios? Dignidad que se nos regala de manera sacramental con el bautismo, sacramento por el que gozamos de la identidad filial y de poder llamar a Dios: “Padre”. ¿Pero por qué recuperamos nuestra dignidad a costa de la dignidad del Nazareno, del Hijo de María?

Fijándonos en Jesús, por la túnica-manto que lleva, se puede considerar que es el Hijo amado, vestido con una túnica sin costura de arriba abajo, como el hijo amado de Jacob, José, a quien le quitaron la túnica de mangas largas. Jesús es despojado del manto y de la túnica como burla y desprecio. Al final de su vida, nos deja sus ropas al pie de la Cruz, y en el sepulcro las sábanas vacías, como testigos. Todas estas imágenes, la de Jesús revestido con una túnica sin costura, y la del Crucificado desnudo, junto con las sábanas desinfladas del sepulcro, señal del Resucitado, adquieren un sentido sobrecogedor. Si interpretamos las imágenes en un contexto bíblico más amplio, cabe considerar en estos hechos la forma con la que Dios ha querido practicar la obra de misericordia y devolvernos la dignidad de hijos a través de la entrega de su Hijo amado, quien gracias a su despojo, nos ha revestido de su dignidad de hijo. A precio de la desnudez del Crucificado hemos heredado la túnica que cubre nuestra intemperie vergonzosa y vergonzante, pero que anticipa el horizonte pascual, por lo que podemos llamar a Dios: “Padre”, y sentirnos perdonados, herederos, dignificados.

En el ritual bautismal se nos impone la vestidura blanca de nuevas criaturas.  Pero, como contraste, en los relatos de la Pasión del Señor según san Juan, se narra: “Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes. Y se dijeron: «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica» (Jn 19, 23-24). Sorprende que alcancemos nuestra dignidad a costa del despojo y desnudez del Hijo amado de Dios, quien gracias a su ofrenda en la Cruz, nos obtiene la redención y el perdón de nuestras culpas, extendiendo su manto de misericordia sobre toda la humanidad. ¿Acaso en el cuerpo desnudo del Crucificado se profetiza el cuerpo glorioso del resucitado?

El vestido, el manto, la túnica, concordancias y concurrencias

Hay varios términos en la Biblia para decir del vestido, bien sea manto o túnica, vestido real o sacerdotal, manta o sayal. En griego se dice también de distinta manera, por ejemplo, el manto del rey ??? ?????? (Jonás 3:6 BGT) al igual que del sacerdote (??? ?????? (Ex 40,13), término que encontramos en la bendición de Isaac a su hijo Jacob (Gen 27:15), y en la parábola del padre bueno (Lc 15,22); el manto del profeta, ??? ??????? (1Reyes 19:19 BGT, 2Re 2, 12-14), la ropa, el vestido, el manto: ?? ???????, que se encuentra en Gen 9,23, palabra con la que el Cuarto Evangelio describe el manto de Jesús en el lavatorio (Jn 13, 4). En cambio, para la túnica emplea el término, ??? ??????, que concurre en Gn 37, y en Jn 19,23. Hay textos que señalan la dignidad de la persona según el vestido que lleva. También hay relatos que precisamente, hacen notar la circunstancia del despojo no como situación vergonzante, sino como expresión de donación, de entrega. Así lo podemos contemplar en el momento en el que Elías deja caer su manto, y lo recibe Eliseo (1Re 19, 19). Y en el relato de la última Cena, en el que Jesús se quita el manto (Jn 13, 4).

Ofrezco una consideración desde algunas concordancias o concurrencias.

El manto o la manta,

En griego: ???????, Manto

El término con el que los LXX traducen el gesto de los hijos de Noé, de tapar su desnudez con una manta, es ?? ??????? (Gen 9:23). El mismo término lo encontramos en el relato del lavatorio de los pies: “Se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido” (Jn 13, 4). Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto / ???????, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 12-14)

El salmista había profetizado: "Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica" (Sal 21, 19). Y al pie de la Cruz encontramos el mismo término: “Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, ???????, haciendo cuatro partes, una para cada soldado” (Jn 19, 23). En el Nuevo Testamento tenemos la alusión al ciego de Jericó, que abandona el manto, ?? ??????? (Mc 10:50 BGT)

Desde esta concordancia, el término “manto”, prenda con la que cubren los hijos de Noé a su padre, para devolverle la dignidad, al concurrir con el manto que se quita Jesús a los pies de los discípulos, en la noche de la cena, ¿tendrá algún significado semejante?

La túnica

En griego: ??????? Tunica

El papa Francisco aludió al texto de la Creación, cuando Adán y Eva se vieron desnudos y sintieron vergüenza. En ese pasaje encontramos: “El Señor Dios hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió” -??????? – (Gn 3:21 BGT). El mismo término lo encontramos más adelante: “Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica, la túnica con mangas que llevaba puesta, lo cogieron y lo echaron en un pozo. El pozo estaba vacío, sin agua” Gn 37,23).

Al observar los textos donde aparece la referencia a la túnica, nos sorprendemos una vez más, al comprobar que en el relato de la Pasión de Jesús, vuelve aparecer el mismo término: “y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados Apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo” (Jn 19,23)

La túnica que puso Dios a Adán y a Eva, y la que hizo Jacob a su hijo amado, ¿acaso profetizaban la túnica sin costura que nos dejó Jesús al pie de la Cruz? Y si tuviera correspondencia, ¿el pasaje de la Creación sería profecía de los acontecimientos de la Pasión?

El vestido de fiesta

En griego: ??? ??????

Este término se encuentra a la hora de señalar el modo como va ataviado el rey y también el sacerdote. Así, cuando se dice que el rey de Nínive se despoja de su manto, dice: “La noticia llegó a oídos del rey de Nínive, que se levantó de su trono, se despojó del manto real, se cubrió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo” (El manto del rey ??? ?????? (Jonás 3:6 BGT). Y al describir las vestiduras sacerdotales, encontramos el mismo término, (??? ??????): “Harás ornamentos sagrados, dignos y decorosos, para tu hermano Aarón” (Ex 40,13), el vestido sacerdotal.

En el pasaje de la bendición de Isaac a su hijo Jacob, se dice: “Luego Rebeca tomó un traje de su hijo mayor Esaú, el mejor que tenía en casa, y vistió con él a Jacob, su hijo menor, y se describe con el término real y sacerdotal, ??? ?????? (Gn 27,15). El mismo término con el que se narra el gesto del padre con el hijo menor en el Evangelio de San Lucas: “Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies” (Lc 15,22). Y el mismo que lleva el personaje del sepulcro, según san Marcos, en la mañana de Pascua: “Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas” (Mc 16,5).

¿Acaso se puede interpretar una relación posible entre el vestido del primogénito, que pone la madre a su hijo Jacob, el vestido de fiesta que pone el padre al hijo segundo, con el manto real y la túnica sacerdotal? Y si fuera así, ¿cabría ver un anticipo del hombre nuevo?

Revestido de hijos de amados de Dios

Se puede pensar que, si amplío tanto el campo de observación, me aparto de la letra del discurso de Mateo sobre la obra de misericordia de vestir al desnudo. Sin embargo, uno de los ejemplos evangélicos más emblemáticos de practicar la obra de misericordia de vestir al desnudo que nos da Jesús, lo encontramos en la parábola del padre bueno. En el texto lucano podemos leer: “Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.  Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies” (Lc 15, 18-22).

Al traer a la consideración la referencia al manto, al vestido, a la túnica y entrelazarlos, y al comparar con otros textos representativos y relacionados también con la misericordia, se nos permite gustar lo que significa el gesto de Dios con su pueblo, culminado en la donación total de Jesús en la Cruz, donde nos dejó túnica y manto.

Al hilo de esta reflexión, me he sorprendido, una vez más, al leer en paralelo dos relatos en los que aparece la túnica, relacionada con el hijo amado: el que se narra en el Génesis, sobre el comportamiento de los hijos de Jacob con su hermano más pequeño, el hijo más amado del patriarca –“Israel amaba a José más que a todos los demás hijos, por ser para él el hijo de la ancianidad. Le había hecho una túnica de manga larga” (Gn 37, 3)-, y la parábola lucana del padre bueno y de los dos hijos (Lc 15). Si comparamos las acciones de los hermanos de José, con las que se describen en la parábola, son paradójicamente paralelas, aunque en sentido contrario.

El Génesis señala: “Ellos le vieron de lejos, y antes que se les acercara, conspiraron contra él para matarle” (Gn 37, 18). Y ocurrió, que cuando llegó José donde sus hermanos, éstos despojaron a José de su túnica - aquella túnica de manga larga que llevaba puesta -, (v 23)

Texto de Lucas dice: “Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente” (Lc 15, 20). Y dijo: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies (Lc 15, 22).

El pasaje del Antiguo Testamento continúa: “Y echándole mano le arrojaron al pozo. Aquel pozo estaba vacío, sin agua. Luego se sentaron a comer” (Gn 37, 15, 24-25).

El evangelista Lucas, en cambio, narra: “Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta” (Lc 15, 23-24).

El Génesis narra: “.Entonces tomaron la túnica de José, degollaron un cabrito y empaparon la túnica en la sangre.  Luego enviaron la túnica con mangas a su padre con este recado: «Esto hemos encontrado, mira a ver si es la túnica de tu hijo o no». Él la reconoció y exclamó: «Es la túnica de mi hijo; una bestia lo ha devorado. Sin duda, José ha sido despedazado». Jacob rasgó sus vestiduras, se ciñó a los lomos un sayo e hizo luto por su hijo muchos días” (Gn 37, 23-24. 32-34).

Y cabe traer el pasaje del Cuarto Evangelio: “Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre» (Jn 19, 2-5).

No parece violenta la comparación entre el relato del Génesis y la parábola lucana, y esta con el pasaje del Evangelio de Juan

El icono del año jubilar de la Misericordia

Al ir tejiendo los textos relacionados con la obra de misericordia de vestir al desnudo, desde la contemplación de la escena de Gn 27, en la que Rebeca pone a su hijo Jacob el vestido del primogénito, que los LXX Setenta traducen con el término ??? ?????? (Gen 27,15 BGT). Y que dice: «Acércate y bésame, hijo mío». Se acercó y lo besó. Y, al oler el aroma del traje, le bendijo (Gn 27, 16-17. 26-29). Al comparar los textos, resulta que el vestido del primogénito se traduce lo mismo que el vestido que le pone el padre al hijo que viene de lejos, en ambos  se usa el nombre de estola, el mismo término que lleva el personaje celeste, dentro del sepulcro, en la mañana de Pascua.

Desde la resonancia de las palabras concurrentes en los distintos relatos, intuyo que la imagen del Logo del Año Jubilar de la Misericordia, desde una interpretación icónica, nos muestra a Dios, a quien no solo cubre a Adán con una túnica, sino que se reviste Él mismo de Adán, y al ponerse la humanidad como estola, vestido sagrado, misterio de la Encarnación, todos los humanos recobramos la dignidad personal, dignidad sagrada, al ser el mismo vestido que pone el padre al hijo menor, que viene de dilapidar la herencia.

Aún recuerdo de mis años de monaguillo, cómo cuando una madre venía a presentar a su hijo a la Iglesia, el sacerdote salía a recibirla y agarrada la madre a la estola del sacerdote, avanzaba hasta el altar.

Si tenemos en cuenta la práctica litúrgica de la Iglesia Ortodoxa, cuando un penitente se acerca al sacramento de la reconciliación, el sacerdote, al momento de absolverlo, le pone la estola sobre la cabeza. Desde esta rúbrica, interpreto que con este gesto se desea significar cómo gracias al perdón el penitente es revestido de la dignidad sagrada, y recupera el vestido de hijo amado. Y resuena el cántico: “Pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios, bendice a tu Señor. San Pedro escribe: “Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa” (1Pe 2, 9).

¿Hasta dónde se extiende la obra de misericordia de vestir al desnudo? Sin duda que no podremos espiritualizar el mandato que exige una respuesta generosa y solidaria, pero hay muchas formas de pobreza, de desnudez, de vestir, y de despojar.

Destinados a la glorificación

Termino con la referencia a unos textos que nos anticipan nuestro propio destino: “Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” ?? ?? ??????  (Mat 17, 1-2).

Cabe comparar las vestiduras blancas con las que se muestra Jesús en el monte alto, con las del personaje celeste de la mañana de Resurrección, en este caso el texto toma el mismo término que el vestido que pone Rebeca a Jacob, el que pone el padre al hijo pequeño: “Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas. Él les dijo: «No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado” (Mc 16, 5-6).

Los salmos, cuando aluden a los vestidos de honor, cantan en general la figura mesiánica: “Lo has vestido de honor y majestad. Le concedes bendiciones incesantes, lo colmas de gozo en tu presencia” (Sal 20). “A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos ??? ??????? (Sal 44,9), desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas. Has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros (Sal 44, 8-9).

Pero también podemos personalizar algunos textos: “Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal y me has vestido de fiesta (Sal 30, 12) “El vencedor será vestido de blancas vestiduras, no borraré su nombre del libro de la vida y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. (Ap 3, 5-6)

Y a la hora última se presentan ante el trono los vestidos con vestiduras blancas: «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?». Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás». Él me respondió: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. (Ap 7, 13-14).

Propuesta

La obra de misericordia de vestir al desnudo, no solo exige la generosidad ante una situación de pobreza, de menesterosidad, e indigencia material, sino que también es posible incluir la reacción de piedad ante quien sufre una difamación, o de aquellos que por sentimientos negativos contra sí mismo, se desprecian y se hunden en desesperanza y hasta en la desesperación. En todo caso significa saber mirar al otro con respeto y alargarles la mano de la misericordia.

"Ser confesor según el corazón de Cristo, equivale a cubrir al pecador con la manta de la misericordia, para que ya no se avergüence y para que pueda recobrar la alegría de su dignidad filial y pueda saber dónde se encuentra”.  (Francisco, discurso a los Misioneros de la Misericordia, 9 de febrero, 2016)

Desde la contemplación de los textos, nos corresponde, por una parte despojarnos: “Despojaos del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras” (Ef 4, 22-25).

Y por la otra, revestirnos: “Así pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha per-donado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta” (Col 3, 12-14). “Renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas. Por lo tanto, dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros” (Ef 4, 22-25).

En todo caso, no retengamos nunca el vestido del prójimo, sino que ofrezcamos el manto de la misericordia a todas las personas, devolviéndoles siempre la dignidad. Cuando el papa Francisco es preguntado por cómo piensa sobre algunos comportamientos humanos, siempre advierte, pero por encima de todo con personas. Y llega a afirmar que en los pobres se nos hace presente la “carne de Cristo”.

Tratemos a los demás como nosotros hemos sido tratados por Jesús. Pues si nosotros, sin mérito propio hemos sido constituidos sacerdotes, profetas y reyes, también lo han sido todos los bautizados, y desde la encarnacion del Verbo, todo ser humano tiene la dignidad sagrada de ser sacramento de Cristo, pues Él se ha revestido con nuestra naturaleza, haciéndola santa.

 

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