Por Ángel Moreno
(de Buenafuente)

Hoy es por ti mi ofrenda,
por ti mi oración, amigo en la distancia,
y el de más cerca.
Hoy elevo mis manos suplicantes,
por ti y por los tuyos,
como gesto solidario.
Sacerdote en Él, el único intachable,
plegaria eficaz,
certeza entrañable.
Gracias por saberme en ti
fecundo en mi tarea,
por ser parcela de mi misión sagrada.
No lo sabrás, pero me ayuda sentirte
destinatario de mi oración
y de mi palabra.
La soledad se amaina en tus noticias,
en tu demanda y en tus preguntas.
Se es en la medida en que te das.
El desierto no es huida, sino espacio
para amar sin límites
ni distracciones hacendosas.
Hoy es por ti mi oración,
mi ofrenda y mi memoria,
que me hacen ser misericordia sin medida.
Otra forma de acompañarte en el camino,
Sin que tengas que hospedarme,
Estoy contigo ¡tan cercano!
Tus dudas, tus dolencias, tus miedos,
tu salud, tus nostalgias de tiempos anteriores,
tu despojo, tus vacíos, son reclamos.
Y todo se hace altar, postrado,
me hago voz unido a Jesucristo,
“Por estos, te ruego, porque son tuyos”.



Pregúntame, Señor, por si te quiero. No me dejes sumido en mi silencio, memoria herida por mi negación primera.

No puedo dejar de referirme a la experiencia que hemos tenido los misioneros de la misericordia en el III encuentro con el Papa, celebrado en la Octava Pascual. Allí fui testigo directo de la llamada que nos hizo Francisco de perdonar siempre y todo: "Tengan siempre a mano el manto de la misericordia, para envolver con su calor a quienes se acerquen a ustedes para ser perdonados". Y nos ponía un ejemplo: "Pero, Padre, usted sabe que, en este mundo moderno, con tantas cosas extrañas, tantos pecados nuevos, nunca se sabe, porque lo perdono, pero que tal vez mañana vuelva a pedir otro perdón". ¿Y qué le sorprende? La misma pregunta que Pedro había hecho al Señor, y la respuesta: setenta veces siete. Siempre. Siempre el perdón. No lo pospongas. "No, que tengo que consultar con el moralista...": no lo pospongas. Hoy. "No, no sé si estás convencido". Pero mira, una persona que te pide perdón, ¿quién eres tú para preguntarle si está convencido o no? Les tomas la palabra y les perdonas. Y perdona siempre. Por favor, perdona siempre. Con el perdón de Cristo no se juega, no se bromea.”












