Por Juan José Plaza
(Delegado diocesano de Misiones)
Este año se celebra el 50º aniversario de la promulgación del Decreto ad Gentes del Vat.II., es decir, del Decreto que hace referencia a la actividad misionera de la Iglesia.
Este Decreto, como todos los Decretos conciliares, sufrió distintas redacciones. Al fin, con una intervención muy activa en la octava redacción por parte del entonces cardenal Ratzinger, fue aprobado por una mayoría abrumadora. La mayor que ningún otro decreto obtuvo en el Concilio.
En el Decreto Ad Gentes queda meridianamente claro que:” La Iglesia peregrinante es misionera por naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (AG 2). Es decir, la Iglesia ha de seguir la misión que Cristo le encomendó en la persona de los apóstoles antes de su Ascensión a los cielos:” Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Mac. 16,15).
Sin embargo, en el postconcilio, esta conciencia clara de la Iglesia respecto a su naturaleza misionera quedó empañada por la ambigua interpretación que muchos hicieron de otro Decreto conciliar, el de Libertad Religiosa (Dignitatis humanae), apoyados en la idea de que todo hombre en cada confesión religiosa, incluso los ateos y no creyentes, si viven conforme a su conciencia y a la ley natural, pueden obtener la salvación.
Fue tan impactante esta idea entre los cristianos que incluso muchos misioneros cayeron en el grave error de creer que su misión no consistía en anunciar activamente a Cristo y su Evangelio, sino simplemente estar junto a los hermanos, ayudándoles en sus necesidades. Es decir, la acción misionera quedaba reducida a una acción puramente social; los misioneros convertidos en meros cooperantes o asistentes sociales.
A remediar este grave equívoco salió al paso el Papa Juan Pablo II con una gran encíclica la “Redemptoris Missio”. Esta encíclica subrayó: 1/ la permanente validez del mandato misionero de Cristo, 2/ que la Iglesia es signo e instrumento de salvación para los hombres y “nosotros no podemos menos que hablar, es decir, predicar el Evangelio. “ (Act. 2, 2), y 3/ que la Misión Ad Gentes conserva toda su valor, aunque se exhorte al diálogo con otras religiones.
Actualmente hay una conciencia equilibrada y asentada de lo que significa la MISION en la Iglesia, más concordante con el Decreto Ad Gentes. Sin embargo, tras 50 años de su promulgación es inevitable una actualización o renovación de la pastoral misionera, que nace de esta pregunta: ¿Cómo evangelizar bajo las nuevas circunstancias?
A modo de respuesta, muy concisa, podemos decir:
1/ Hay que seguir la misión Ad Gentes, hacia los que están en lugares lejanos.
2/ Hay que tomarse en serio la misión entre los que están junto a nosotros, porque muchos ya no han oído hablar de Jesús y de su Evangelio. Y también porque muchos de los que estaban antes lejos han venido a nuestras Iglesias, por la emigración.
3/Hay que fomentar la misión en los nuevo Areópagos (Medios de comunicación, redes…).
4/ Es urgente la misión a favor de los pobres y de todas las pobrezas, la mayor de las cuales es no tener a Dios.
5/Hay que misionar el campo de sufrimiento y a tantos hombre heridos, que produce nuestra deshumanizada sociedad.
Todas estas urgencias misioneras del presente son recogidas, de manera especial, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco, en la que también se refiere a los cristianos como verdaderos discípulos-misioneros.
Que la celebración del cincuenta aniversario del Decreto ad Gentes sea un estímulo en toda la Iglesia y en cada uno de nosotros para reavivar nuestra alma misionera.



La misión del santo y del beato, más aún incluso del mártir, es una vocación de universalidad y de seguir contribuyendo a la eclesialidad, a la evangelización y a una nueva y mejor humanidad. El Papa, en el mensaje que dirigió al actual arzobispo de San Salvador el mismo día de la beatificación de Romero, destacó que el nuevo beato «supo guiar, defender y proteger a su rebaño, permaneciendo fiel al Evangelio y en comunión con toda la Iglesia». Es más, Francisco, confeso admirador de Romero e indudable impulsor de su beatificación, concretó y enfatizó al respecto recordando que «la voz del nuevo beato sigue resonando hoy para recordarnos que la Iglesia, convocación de hermanos entorno a su Señor, es familia de Dios, en la que no puede haber ninguna división». Y por si quedaban dudas, el Papa señaló que «monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia».
No debemos reducir nuestra devoción mariana a unos determinados días al año: el mes de mayo, alguna fiesta concreta, las novenas de rigor… Más bien el recuerdo de la Madre debe ser constante y continuo, no olvidemos además que ella, la Virgen, no se cansa de esperar. Acudir a María es acudir a la mediadora de todas las gracias: es un salvoconducto seguro.













