1 de enero: fiesta de Santa María, Madre de Dios, y Jornada Mundial por la Paz

 

El día que abre el año, jueves 1 de enero ya de 2026, las comunidades católicas celebran la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, o de la maternidad divina de María, una verdad de fe que constituye uno de los cuatro dogmas marianos claves: inmaculada concepción, maternidad divina, perpetua virginidad y asunción a los cielos en cuerpo y alma.

El 1 de enero, primer día del nuevo año, es también la Jornada Mundial de la Paz, una iniciativa nacida en 1968 por decisión del papa san Pablo VI. Es, sin duda, un motivo excelente para comenzar un año nuevo el compromiso con la paz. El mensaje del papa León XIV para esta 59 Jornada Mundial de la Paz, del lunes 1 de enero de 2026, responde al lema «La paz esté con todos vosotros: hacia una paz desarmada y desarmante», frase que recoge algunas de sus primeras palabras nada más ser elegido papa en la tarde del 8 de mayo pasado. 

Doble jornada misionera el 6 de enero: el día del IEME y de los Catequistas Nativos

La Iglesia católica en España dedica a la animación misionera la jornada eclesial del 6 de enero (Epifanía del Señor). Es el día del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), con 107 años de benemérita historia misionera.

El 6 de enero es el día asimismo de los catequistas nativos. "Catequista: fiel hasta la cruz” es su lema para 2026, con la frase añadida “Dios no nos pide éxito, sino fidelidad”. En nuestra diócesis, esta jornada del IEME y de los catequistas nativos no conlleva colecta imperada.

 

“Sembradores de estrellas”, en Guadalajara, el 23 de diciembre

 

En la mañana del martes 23 de diciembre, el Consejo Arciprestal de Pastoral de Guadalajara y las delegaciones diocesanas de Misiones, Juventud, Vocaciones e Infancia y Catequesis y Movimiento Scout Católico organizan, un año más, la iniciativa ante la Navidad “Sembradores de estrellas”. Será desde San Nicolás hasta la plaza de Santa María de Guadalajara.

Oración diaria

 

 

 

 

 

 

 

3 de Enero, OCTAVA DE NAVIDAD

  

TEXTO BÍBLICO

 

“Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1Jn 3, 1-2).

 

TEXTO EVANGÉLICO

 

“Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». (Jn 1, 32-34).

 

 

COMENTARIO

 

Quienes dan fe de la Palabra de Dios y experimentan el amor divino, por el cual saben que son hijos de Dios, sienten la gracia desbordante de la filiación divina y reaccionan sobrecogidos al dar testimonio de la identidad recibida.

 

Los santos son aquellos que, por gracia, se han visto envueltos en el amor de Dios, hechos hijos suyos, y no han perdido un momento distrayéndose en las circunstancias mundanas. Ellos se convierten en verdaderos testigos del amor recibido.

 

Juan Bautista da testimonio de que Jesús es el Amado de Dios; en Él se manifiesta la identidad divina de Jesús. El Ungido no ha sido enviado a este mundo al margen del amor del Padre; por el contrario, el secreto del Nazareno es saberse Hijo amado de Dios. Y nosotros, gracias a Él, también somos hijos amados de Dios por adopción.

 

PROPUESTA

 

Da crédito a que eres hijo de Dios.

 

Carta Semanal del Obispo

 
 

Domingo "Gaudete"

 

 

Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.

¿Hay motivos para alegrarse? ¿Descubrimos a nuestro alrededor razones para estar alegres? Nuestra respuesta es afirmativa, pero más que motivos o razones, hay un “Motivo”, que escribimos con mayúscula: Jesucristo, cuya venida esperamos, cuyo nacimiento celebramos y cuya presencia experimentamos.

Conocemos la densidad de los problemas que nos rodean: guerras, injusticias, pobreza, fragmentación social, hambre, soledad, precariedad laboral, pérdida del sentido de la vida, desequilibrios económicos, depresión, dificultades familiares y sociales y una larga lista que puede parecer aplastante, crónica y opresiva.

Sin embargo, el tercer domingo de Adviento escuchamos una insistente llamada a la alegría. San Pablo nos exhorta: “Estad siempre alegres” (1 Tes 5,16); “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos” (Flp 4,4). Y no se trata de una alegría consumista e individualista.

Cristo es nuestra alegría. Los cristianos no proponemos una alegría efímera, superficial, evasiva. El gozo cristiano se basa en la presencia constante del Señor que no nos deja de la mano. Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.

De ahí la invitación a la alegría en este momento del Adviento. Nuestro mundo, carente de alegría y esperanza, necesita, más que nunca, testigos de la alegría del Evangelio. Si no queremos convertirnos en “seres resentidos, quejosos, sin vida”, hemos de abrirnos a “la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado” (EG 2).

Es posible vivir con alegría, la alegría del Espíritu Santo. Se cumplen los antiguos anuncios: “Gritad jubilosos, habitantes de Sion, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel” (Is 12,6); “Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados” (Is 49,13); “¡Salta de gozo, Sion; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey” (Zac 9,9); “¡No os pongáis tristes, el gozo del Señor es vuestra fuerza!” (Neh 8,10).

Jesús mismo nos dice: “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud” (Jn 15,11); “vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16,20); “se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22).

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

La Bienaventurada Virgen María proclama exultante: “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” (Lc 1,47).

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

 

+ Julián Ruiz Martorell

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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