No es lo mismo sin Dios que con Dios

Por Alfonso Olmos Embid

(Director de la Oficina de Información)

 

 

 

Los acontecimientos recientes, con motivo del accidente ferroviario de Adamuz, nos han dejado imágenes difíciles de borrar. El recuerdo de los que han perdido la vida, estuvo envuelto en polémica. Estos hechos dan fruto a esta reflexión recordando, además, otro triste acontecimiento vivido no hace tanto en Paiporta, a causa del desbordamiento del Barranco del Poyo.
En el homenaje de Estado a las víctimas de la DANA de Valencia, el dolor legítimo de tantas familias se vio envuelto en un clima de tensión, con gritos, insultos y una tristeza que parecía no encontrar salida. Era el clamor de un sufrimiento profundo, pero también la expresión de una herida abierta sin horizonte, de un duelo sin palabras que lo sostuvieran ni esperanza que lo iluminara.
Muy distinto fue lo vivido en el funeral celebrado en Huelva en los días posteriores al descarrilamiento y choque de trenes de la localidad cordobesa. En ese funeral, celebrado por el obispo onubense, también estaban el llanto, la ausencia y el vacío imposible de llenar. Pero, junto a ellos, se hizo presente algo más: la fe como apoyo, como consuelo, como luz tenue pero firme en medio de la oscuridad. No se negó el dolor; se lo abrazó con sentido. La oración, el silencio compartido y los gestos sencillos hablaron de una esperanza que no elimina la cruz, pero la hace llevadera.
Con especial fuerza resonaron las palabras de Liliana, la hija de una de las víctimas, que pidió serenidad y quiso que Dios estuviera en el centro de todo, presidiendo ese funeral. En su testimonio, tan sereno como valiente, se manifestó cómo la fe no es evasión, sino ancla; no es huida, sino presencia. Dios no borra las lágrimas, pero las recoge. No evita la muerte, pero promete vida.
No es lo mismo vivir el dolor sin Dios que vivirlo con Él. Con Dios, incluso en la pérdida más amarga, el sufrimiento no tiene la última palabra. Con Dios, la tristeza puede abrirse a la esperanza.