Por Jesús de las Heras Muela
(Periodista y sacerdote. Deán de la catedral de Sigüenza)
Tras la jornada eclesial del Domingo de la Palabra de Dios, domingo 25 de enero, fiesta de la conversión del apóstol San Pablo, unos de los grandes de la Palabra
Por séptimo año consecutivo y por decisión del Papa Francisco, en 2019, el tercer domingo del tiempo ordinario, este año, día 25 de enero, fiesta de la conversión del apóstol san Pablo, uno de los grandes autores inspirados de la Palabra de Dios, ha sido el Domingo de la Palabra de Dios.
El Domingo de la Palabra de Dios es una jornada eclesial que busca potenciar la importancia capital de la Palabra de Dios en la vida de los cristianos y en la misión de la Iglesia.
La frase paulina «La palabra de Cristo habite en vosotros» (Colosenses 3, 16) es el lema para 2026. Los lemas de esta jornada eclesial en años anteriores han sido estos: en 2020, «Jesús comenzó a predicar» (Mateo 4,17); en 2021, «Mantened firme la Palabra de la vida» (Filipenses 2, 16); en 2022, «¡Bienaventurado el que escucha la Palabra de Dios!» (Lucas 11, 28); en 2023, «Os anunciamos lo que hemos visto» (1ª Juan 1, 3); en 2024, «Permaneced en mi Palabra» (Juan 3, 8); y en 2025, «Espero en tu Palabra» (Salmo 119, 74).
La Palabra de Dios es la Biblia…
La Palabra de Dios, revelación de Dios a través de la escritura, se encuentra contenida en la Biblia, el libro de los libros. Las lenguas originales de la Biblia son el hebrero, el arameo y el griego helenístico. Su autoría es inspirada a distintos hombres por Dios mismo. Su contenido es Palabra de Dios.
La Biblia contiene, según la tradición católica, 73 libros. De ellos, 46 componen el Antiguo Testamento, y los 27 restantes, el Nuevo Testamento. Los libros del AT se escribieron durante un milenio, antes de Cristo, y los del NT en medio siglo, después ya de Cristo. El hilo conductor de la Biblia es la historia de la Salvación, la apuesta y propuesta del amor de Dios por la humanidad y su culminación en Jesucristo.
… pero es mucho más
Mi contacto más habitual con la Palabra de Dios es en la oración y, en mi condición de sacerdote y de párroco, el de la preparación de las homilías. Prácticamente nunca escribo las homilías. Sí hago, a veces, un esquema, que luego guardo cuidadosamente, pero a cuyo archivo casi nunca regreso para rescatar o repetir la predicación. Y si alguna vez las circunstancias me llevan a ello, las ideas escritas en aquel esquema siempre me parecen viejas, palabras sueltas y sin alma, agua estancada, en suma.
Y es que, sí, me gusta y necesito el encuentro con la Palabra de Dios en el día y en la hora de cada día y de cada hora porque siempre la Palabra me dice algo nuevo, me interpela de manera distinta, me resuena de otra manera, me ayuda a responder y a entender mejor los signos concretos de cada tiempo y de cada momento. Basta con sea una frase, una idea, una construcción, un tiempo verbal, un personaje, una sugerencia, una intuición que percibo con ojos nuevos como una chispa de la gracia…
La Palabra de Dios es siempre para mí un manantial de agua viva y nueva. En ella, en la Palabra, es como si Dios estuviera mandándome y mandándonos un mensaje concreto y puntual, una ráfaga de luz, un suspiro de esperanza, un bálsamo consolador, un atisbo de certidumbre, una respuesta a completar después y a llevar a mi vida, un hálito de fuerza para el aquí y el ahora.
Lámpara para mis pasos, luz en mi camino, más dulce que la miel de un panal, brisa suave en horas de bochorno, descanso en medio de cansancio y la fatiga, elocuente susurro en medio del silencio, fuego y martillo que golpea la peña, agua que horada la piedra, lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar… Palabra viva y eficaz y más cortante que espada de doble filo, que penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas, y discierne pensamientos y sentimientos del corazón…
Manantial, sí, de agua siempre viva y nueva, que siempre me dice algo nuevo y bueno, que siempre llega a mí con el esbozo de una respuesta, el motor de una buena acción y la misteriosa, consoladora y certera presencia de un Amigo, que me acoge, me alumbra, me ama y me quiere transformar para que me sepa dar más y mejor a los demás.
Santa María de la Palabra de Dios
Parafraseando a Jesús, bien podemos decir «dichosos quienes, como María, escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». Ella es la Madre de la Palabra, la Virgen de la escucha, el Modelo de la fidelidad a la Escritura. En María, todas las palabras y profecías de Dios se cumplieron en plenitud y fueron reasumidas y vividas por Ella desde y para el amor.
Inmaculada desde su concepción, María vivió completamente absorta e inserta en la Palabra Dios, en su escucha y en su acogida. Conservaba y meditaba en su corazón todo lo que había visto y oído. Y María permaneció siempre fiel porque creyó en la Palabra: «Dichosa, tú, María, que has creído porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá».
Desde la escucha orante y atenta de la Palabra de Dios fue posible su «sí» en la Encarnación y posterior visita de caridad a su prima Santa Isabel. Solo porque se fio de esta Palabra, la misma Palabra floreció en sus entrañas y germinó en el Hijo de Dios e Hijo suyo, Jesucristo nuestro Señor. Solo desde la confianza y la espera en el Dios de la Palabra, María recorrió los valles oscuros de su vida como la huida a Egipto, las palabras del anciano Simeón, que le anunciaba que un espada de dolor atravesaría su alma, y la escena de la perdida y hallazgo de su Hijo, todavía Niño, en el templo.
Y María siguió en la escuela de la Palabra durante los largos, cotidianos y anodinos años de la vida oculta de Jesús, recreando en su corazón aquellas palabras de la Anunciación, de la Visitación, de la Natividad y de la Presentación. En el silencio de aquellos interminables años, María siguió sintiendo y experimentado que Dios habla en soledad sonora y fecunda en el silencio, en la cotidianeidad y en la prueba.
María, desde el tamiz de la Palabra, fue primera anunciadora e intercesora de su Hijo en las bodas de Caná, cuando, por su mediación, se obró el milagro de la transformación del agua vino mediante aquel su «Haced lo que Él diga».
María fue presentada por Jesús como modelo de aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen y que, por ello, se convierten también en su nueva y definitiva familia.
Fiel a la Palabra, María acompañó a su Hijo en las horas más amargas del Vía Crucis y del Calvario, donde fue entregada al apóstol Juan como Madre de la Iglesia, la nueva humanidad. Y a pie de la cruz y del descendimiento más doloroso permaneció María con el cuerpo muerto de su Hijo entre sus manos en plegaria viva y lacerada de esperanza. Y en una nueva escucha de la Palabra, tras la Resurrección de Cristo, María guió y acompañó a los apóstoles en Pentecostés.
Y sin duda, que María, ya en el crespúsculo de su vida, meditando todas estas cosas en su corazón, fue así hallada por el arcángel Gabriel, quien, en aquella hora de la tarde y de fin de las labores, reclamaba, de nuevo, el «sí» definitivo para su Asunción.
Siete frases breves del Papa León sobre la Palabra de Dios
(1) Cada palabra del Evangelio es como una semilla arrojada al terreno de nuestra vida. Este terreno es nuestro corazón, pero también es el mundo, la comunidad, la Iglesia. La palabra de Dios, de hecho, fecunda y provoca toda realidad.
(2) Pidamos al Señor la gracia de acoger siempre la semilla de su Palabra. Y si nos damos cuenta de que no somos terreno fértil, no nos desanimemos y pidámosle que nos convierta en un terreno mejor.
(3) Si nos abrimos a Cristo y seguimos su Palabra, Él ilumina y transfigura también nuestras vidas. Así podemos hacer resplandecer su luz en el mundo.
(4) El Evangelio no esconde la resistencia de las tinieblas a la luz, describe el camino de la Palabra de Dios como un trayecto escabroso, diseminado de obstáculos.
(5) Oremos juntos para que la oración con la Palabra de Dios sea alimento en nuestras vidas y fuente de esperanza en nuestras comunidades, ayudándonos a construir una Iglesia más fraterna y misionera.
(6) Dios se nos revela a sí mismo por medio de su Palabra y, como sucede en una relación de amigos, se alimenta y consolida mediante el intercambio de palabras sinceras.
(7) Mediante la Palabra, Dios habla a los hombres como amigos. Hemos, pues, de cultivar la escucha y, al mismo tiempo, estamos llamados a hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos. El ámbito de todo ello es la oración.s
Publicado en Nueva Alcarria el 30 de enero de 2026