"Ecos" de la vida
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Cinco miradas a la Virgen (3)
(De cómo María es manantial de sabiduría)

El manantial es rico y saludable en sí mismo. El manantial es fuente de vida y, por tanto, de esperanza. El manantial, ¡quién no lo ha visto así!, alimenta los ojos y el corazón, la vida misma. Al manantial de agua fresca, dice la Sagrada Escritura, corre la cierva sedienta de agua y al manantial de la luz y la belleza, de lo que llena para siempre y de verdad, corre el alma sedienta de bien y de luz.

El corazón del hombre, de todo hombre, anhela encontrar y beber del manantial de la sabiduría; del manantial que refresca y sacia de veras. Cristo es ese manantial. El que beba de Él no tendrá sed jamás. Él es la sabiduría eterna, la que se encuentra en el origen de todo y por la que se ha creado todo. Él es, por tanto, el verdadero manantial de sabiduría.

María, la mujer de la fe y la Palabra por excelencia, la que siempre vivía haciendo vida en su corazón Palabra de Dios, engendró un día en su propio vientre la sabiduría eterna, el manantial de sabiduría; antes la había engendrado en su pecho. María engendró en su ser al que es la Sabiduría del Padre y origen de toda verdadera sabiduría humana.

María, además, ha encarnado en su propia vida el ideal de la sabiduría: saber y vivir de Dios. De ella, de María, se puede afirmar con toda propiedad aquello del salmo: el hombre sabio es semejante a un árbol plantado al borde del arroyo; siempre está vivo y siempre está frondoso. Cuando llega el calor y la falta de agua, él no muere ni sus hojas se marchitan. La vida y la sabiduría siempre están con él.

También a ella, a María, cabe aplicar con justeza la parábola del Señor sobre la sabiduría: el que escucha mis palabras y las pone por obra es semejante a aquel hombre sabio que construyó su casa sobre una roca firme; vinieron los vientos y cayeron las lluvias, pero la casa no se hundió, porque estaba construida sobre roca.

María es, en verdad, ideal y manantial de sabiduría. En ella encontramos el ejemplo y el ideal para el camino si queremos andar con sabiduría y acierto, con santidad. En ella encontramos quien nos enseña a vivir siempre junto al arroyo de la Palabra acogida y llevada a la vida, a vivir junto al arroyo del Hijo, fuente de todo consuelo y de toda gracia, y a vivir junto al arroyo del amor misericordioso hacia todos los hombres.

Andamos metidos de lleno en los afanes de la nueva evangelización. Necesitamos luz y capacidad de discernimiento para esta obra; necesitamos sabiduría, mucha sabiduría, en este camino tan singular. Es hora de volver a Ella, a la que es ideal y manantial de sabiduría, para que nos asista y socorra, para que nos ilumine y no nos deje caer en las viejas y nuevas tentaciones de la nostalgia, la apatía o la resignación paralizante. Es hora de mirarla e invocarla para que aliente nuestro paso evangelizador en el corazón de este mundo tan bello y tan atormentado, tan rico y tan extremadamente pobre, tan lleno de esperanzas como de desesperanzas.

Que Ella nos conceda sabiduría. La sabiduría de verla a nuestro lado como Madre y modelo de vida; verla «profundamente arraigada en la historia de la humanidad…, socorriéndonos en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que no caigamos o, si caemos, nos levantemos de nuevo» (cfr. RM 52).

Cinco miradas a la Virgen (2)
(De cómo María es estrella y camino…)

Que eso es María, nuestra Madre. Es estrella y es camino. Es estrella en medio de la noche y es camino seguro en esta vida. Estrella y camino que nos conduce a Cristo, Luz del mundo y único y definitivo Camino.

Ahora, al empezar estas líneas y volver a evocar las estrellas, la estrella que es María, recuerdo algunas experiencias gozosas de niño y en relación con las estrellas. Parecidas a las que recordarán muchos de mis lectores. Allí, en las noches y en el campo de mi tierra y de mi infancia, me conocía muchas estrellas y sabía de su posición y su camino en la noche. Aquellas estrellas eran sencillamente como mis estrellas amigas. Aquellas estrellas me situaban en medio de la noche, para orientarme debidamente, y me señalaban la hora aproximada en que me encontraba. ¡Cuánto habremos gozado en el campo, unos y otros, vosotros y yo, en las noches de primavera o verano con las estrellas…! ¡Qué grandeza y qué belleza aquella la de las estrellas…!

Y del camino, ¿qué decir del camino? El camino es siempre seguridad para el caminante. Qué alegría cuando se encuentra el buen camino, el camino seguro para ir al punto añorado.

Pues así es Ella, nuestra Madre. Es estrella y camino. Es luz que nos lleva a la Luz y es camino que nos conduce al Camino. Con Ella todo es bello y todo es seguridad, certeza de encontrar a Jesucristo, el único nombre que nos puede salvar.

María se ha hecho camino para nuestros caminos y el camino de la Iglesia. María se hacho camino haciéndose magníficat para enseñarnos el camino de la santidad.

Su magnificat es su misma vida, su camino de santidad y ejemplo para nosotros. Para andar como Ella, por su mismo camino de Vida y de identificación con los sentimientos de su Hijo, hay que ir de alabanzas y alegrías por todo lo que Dios ha hecho por nosotros. Lo que ha hecho y lo que sigue haciendo cada día.

Para andar como Ella, en camino de santidad, hay que abrir el alma constantemente a la gracia y a la misericordia de Dios. Hay que hacerse sacramento y signo de misericordia para con los demás, para con todos los demás.

Para andar como Ella, en camino que conduce hacia su Hijo, hay que hacerlo viviendo en humildad y servicio y estando lejos, muy lejos, de la tierra de la soberbia, el poder que machaca o la riqueza que ciega los ojos del amor.

La Virgen es luz y camino y está en el camino de la Iglesia. Con este acierto y belleza lo escribía el Papa Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris Mater:

«La Virgen Madre está constantemente presente en este camino de fe del Pueblo de Dios hacia la luz. Lo demuestra de modo especial el cántico del Magnificat que, salido de la fe profunda de María en la visitación, no deja de vibrar en el corazón de la Iglesia a través de loso siglos» (n 35).

Para no perdernos en el camino de la vida ni en la noche de tantas circunstancias difíciles y oscuras, y para avanzar firmes y seguros por el mar de la existencia cristiana, el camino y la estrella es Ella, es María de Nazaret. Toda su vida es luz y toda vida es ejemplo. Luz y ejemplo que nos conduce a Jesucristo, redentor del hombre y redentor del mundo.

Cinco miradas a la Virgen (1)
(Del título «María, Madre de la Iglesia»…)

Llega el mes de mayo. Un mes cargado como siempre de evocaciones y recuerdos marianos. Un mes que nos ofrece una ocasión inmejorable para volver nuestra mirada, nuestra reflexión y nuestro cariño filial hacia la que es Madre de Dios y también Madre nuestra. Una ocasión, para conocerla más, amarla más e imitar mucho más sus virtudes (cfr. LG 67).

A lo largo de las próximas semanas, de las cinco próximas semanas, iremos presentando otras tantas reflexiones o meditaciones sencillas sobre María, con el fin de alentar nuestra devoción y piedad marianas. Lo vamos a hacer con estos títulos: María, Madre de la Iglesia; María, estrella y camino; María, manantial de sabiduría; María, Reina de los apóstoles; María, aurora y esperanza nuestra. Nuestra primera reflexión, como decimos, la centramos en el todavía reciente, hermoso y sugerente título María, Madre de la Iglesia. El título, para memoria de mis lectores, fue otorgado o «consagrado» por el Papa Pablo VI, un 21 de noviembre de 1964, cuando corría la sesión de clausura de la tercera etapa del Concilio Vaticano II.

Decía el Papa en aquella ocasión y decía con toda solemnidad: «Así, pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima “Madre de la Iglesia “, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores…». Y añadía también: «Queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título».

Respondía así el Papa al deseo de muchísimos padres conciliares que, durante el Concilio, habían pedido intensamente una declaración explícita de la función maternal que la Virgen ejerce sobre el pueblo cristiano.

«Con ánimo lleno de confianza y amor filial, decía Pablo VI, elevamos a ella la mirada, a pesar de nuestra indigencia y flaqueza; ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la Iglesia, que, floreciendo ahora en la abundancia de los dones del Espíritu Santo, se empeña con nuevos ánimos en su misión de salvación».

El título de María Madre de la Iglesia nos introduce pues en el corazón mismo del misterio de María y de nuestra más honda y sincera piedad mariana. María, ante todo y por encima de todo, es Madre. Es Madre de Cristo, cabeza del Cuerpo místico, y es Madre de la Iglesia.

En esta hora, y llevamos de la invitación del Papa, necesitamos volver a ella, a la Madre, con una mirada llena de confianza y de amor filial. Sabemos y experimentamos cada día que éstos no son tiempos fáciles para la Iglesia; la Iglesia cruza hoy horas y desiertos llenos de dureza y dificultades. Con «arenas» demasiado ásperas. Sabemos de la crisis y las crisis que se asoman en el caminar de la Iglesia y de cada uno de los que la formamos. Sabemos de gracias y bendiciones, pero también de torpezas y oscuridades.

Es necesario recuperar el ánimo y el consuelo. Es necesario recuperar la tensión espiritual y también la tensión evangelizadora. Es necesario recuperar la alegría. Por eso, es necesario volver a la Madre donde siempre se puede experimentar la ternura de su amor y la fuerza inquebrantable de su protección.


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