EL ECO     Colaboraciones

Cuatro Minutos (2011-II)


Queridos amigos. Hace unos meses, en una sala de espera, cayó en mis manos una revistilla de esas de fin de semana de algunos periódicos. Como no sé estar sin hacer nada, la ojeé y leí una breve entrevista a una escritora, no recuerdo su nombre, y, al hacerle una pregunta tonta, respondía con alguna palabrota malsonante. Aprovechaba la entrevistadora (supongo que así estaría pactado) para decirle que «Dios la castigaría por mal hablada». Su respuesta fue que Dios no le interesaba, pues lo tenía como «el intimidador, castigador y privador de su libertad».

Me sentó como un tiro esa respuesta. Me produjo indignación y tristeza, y pensé que merecía una contestación simple, clara y cariñosa a la vez.

No creo que ninguno de vosotros, lectores míos, penséis algo así, pero, por si tenemos que responder a alguien de nuestro entorno que piense de semejante manera, ahí va algo que nos puede servir.

La palabra que más veces se repite en la Biblia aplicada a Dios, es la palabra misericordia, junto con otros sinónimos como bondad, indulgencia, perdón, piedad, compasión, amor, etc., etc.

Al leer la antedicha respuesta supe, enseguida, que la mencionada escritora carecía de la más mínima formación religiosa: una de las más primitivas definiciones bíblicas de Dios es «soy el que es», y San Juan Evangelista nos aclarará que el ser de Dios, es el amor.

Una de las revelaciones más contundentes del Nuevo Testamento es que Dios es Padre, y no cualquier padre, sino «el Padre de las misericordias», el padre del hijo pródigo que «está acechando el regreso de su hijo, y cuando lo descubre de lejos, siente compasión y corre a su encuentro».

También la perfección que Jesús exige a sus seguidores consiste en el deber de «ser misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso», y así y por eso seremos juzgados.

Añadía la «buena señora» que Dios la privaba de su libertad. Pobre mujer. Se nuevo manifestaba su ignorancia. Jesús, que es la Verdad, afirma que la verdad nos hará libres. San Pablo, decenas de veces, nos dirá que «hemos sido llamados a la libertad y Cristo nos ha liberado».

La Biblia –dice un escritor– no da la definición de libertad; hace algo mejor: traza un camino. Muestra cómo Dios se cuidó de liberar a su pueblo y cómo la fe en Jesús, el Señor, hace posible la auténtica libertad.

¡Cuánto más os podría contar! Esta columna no da para más. Leed la Biblia y, en este caso especialmente, las cartas de San Pablo a los Corintios y a los Gálatas. Allí encontraréis materia…

Manuel Azabal


VOLVER A NOTICIAS