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No perdamos la capacidad de llorar

Los medios de comunicación nos han ofrecido durante los últimos días noticias impensables sobre la persecución religiosa de los cristianos y de los yizadies en la zona septentrional de Irak. Parece inconcebible que en pleno siglo XXI aún existan seres humanos capaces de acosar, perseguir y masacrar a niños, jóvenes y adultos por el simple hecho de no pertenecer a su credo religioso o por no aceptar la conversión a su religión.

Las informaciones, que nos llegan, hablan de cristianos crucificados, de mujeres violadas y de niños decapitados y expuestos en la plaza pública para sembrar el pánico entre la población. Quienes lograron huir de estas matanzas indiscriminadas fueron expulsados de sus casas y despojados de sus bienes, teniendo que abandonar sus propiedades y los lugares de culto, en los que se reunían para celebrar la fe y para orar a Dios por la paz.

Ante esta falta de respeto a la dignidad de la persona y a sus derechos inalienables, las reacciones de los gobiernos del mundo han sido escasas o muy tímidas. Resulta especialmente doloroso constatar que la vieja Europa, salvo raras excepciones, siga mirando para otro lado, olvidando sus raíces cristinas y manteniendo la equidistancia ante tanta injusticia y sufrimiento humano.

Uno se pregunta: ¿Será verdad, como nos dice el Papa Francisco, que hemos caído en “la globalización de la indiferencia” ante la pobreza y el sufrimiento de nuestros semejantes? ¿Será cierto que, anestesiados por el materialismo práctico y por la búsqueda obsesiva por el bienestar económico, hayamos perdido la capacidad de llorar y de compadecernos ante la situación desesperada de tantos hermanos”.

El Papa Francisco, al que se sumaron el Consejo de Conferencias Episcopales de Europa y nuestra Conferencia Episcopal, no ha cesado de pedir oraciones por los perseguidos y han denunciado con valentía estos hechos, que ofenden gravemente a Dios y que son indignos de la condición humana.

Profundamente conmovido por el deterioro progresivo de la convivencia y por las matanzas de personas inocentes, además de pedir la intervención de los organismos internaciones para frenar el derramamiento de sangre, envió al Cardenal Filoni a la zona con el fin de mostrar su cercanía a los perseguidos y compartir su dolor y sufrimiento.

¿Qué podemos hacer nosotros? Además de secundar la invitación del Santo Padre para que nadie haga daño a su hermano en nombre de Dios, que es Amor, tenemos que comprometernos cada día a trabajar por una sociedad más justa, libre y reconciliada. Con este testimonio, estaremos aportando nuestro granito de arena a la consecución de la paz y a la defensar de los valores.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez
Obispo de Sigüenza-Guadalajara