Testigos del
Resucitado
Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo, llevó a
cabo la misión confiada por el Padre por la unción del mismo Espíritu.
Después de ascender al cielo a la vista de sus discípulos, envía sobre ellos
el Espíritu Santo Defensor. Desde entonces la Iglesia y cada uno de los
cristianos, guiados y fortalecidos por los dones del Espíritu Santo,
recibidos especialmente en el bautismo y la confirmación, somos impulsados a
dar testimonio de Jesucristo, el Hijo de Dios, muerto y resucitado por la
salvación de todos los hombres.
La Sagrada Escritura, al narrar la venida del Espíritu
Santo sobre los discípulos el día de Pentecostés, afirma que desciende sobre
ellos como un viento impetuoso o en forma de lenguas de fuego. Con esta
metáfora, se quiere indicar la fuerza, el impulso, el poder de purificación
y el dinamismo evangelizador que el Espíritu ejerce en todo ser humano, si
no se cierra a la trascendencia y le abre las puertas del corazón.
En nuestros días, a pesar de que bastantes bautizados
pretenden cerrar las puertas de su corazón al Espíritu, sin embargo tenemos
que agradecer a Dios el testimonio gozoso de tantos hermanos que, impulsados
y fortalecidos por los dones del Espíritu, confiesan a Jesucristo como único
Salvador en todos los continentes, incluso con la entrega de sus propias
vidas.
El testimonio de los mártires del siglo XXI tiene que
ayudarnos a revisar nuestra fe, a confesarla públicamente y a dar gracias
por este regalo inmerecido. Como los apóstoles de Jesús y los primeros
cristianos después de Pentecostés, también nosotros recibimos el encargo de
salir al mundo para ser testigos de la alegría y de la paz, de la verdad y
del amor que el Espíritu derrama constantemente en nuestros corazones y que
tanto necesitan los hombres de hoy.
En todo momento hemos de actuar con la profunda
convicción de que el Espíritu no sólo actúa en la Iglesia y en el corazón de
cada cristiano, sino en el mundo y en el corazón de cada ser humano, aunque
no sea consciente de ello. El Espíritu, que sopla donde quiere y como
quiere, no tiene límites espaciales ni temporales en su actuación. Así nos
lo recordaba el beato Juan Pablo II, cuando decía: «La presencia y la acción
del Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la
sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones» (RM,
28).
Abramos nuestra mente y nuestro corazón a la acción
del Espíritu para que purifique todo lo que está dañado en nuestro interior
y para que nos empuje con fuerza a ser misioneros de la salvación de Dios,
realizada en Cristo. En este día oremos también por los miembros de la
Acción Católica y de las restantes organizaciones laicales para que sean
siempre fieles a la vocación y misión recibidas del Señor.
Si queremos que la fiesta de Pentecostés sea un
acontecimiento salvador para cada uno de nosotros y no se quede en un simple
rito, debemos prepararnos interiormente, como lo hicieron los apóstoles,
mediante la oración y la escucha humilde de la Palabra de Dios. María, la
Madre de la Iglesia, ora con nosotros e intercede ante su Hijo por toda la
humanidad.
Con mi bendición para todos, feliz día de Pentecostés.
+ Atilano
Rodríguez
Obispo de
Sigüenza-Guadalajara