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Palabra de Vida

Solidarios con todos

La Sagrada Escritura enseña que Cristo, el ungido por el Espíritu, centró su vida y su misión en el cumplimiento de la voluntad del Padre, en el anuncio del Reino y en el amor incondicional a todos los hombres. A pesar de las calumnias, de la incomprensión y del desprecio, no dejará de mostrar su amor a todos, a los que le siguen y a quienes no lo aceptan como su Salvador. Nadie queda excluido de sus desvelos y de sus preocupaciones.

Los que hemos tenido la dicha de descubrir y conocer este amor de Dios, manifestado en Jesucristo, tenemos también el encargo de abrir el corazón a nuestros hermanos poniendo los medios para la curación de sus heridas y respetando la libertad de cada uno. De este modo podremos avanzar en la extensión de la solidaridad a todos, a los de cerca y a los de lejos, a los justos y a los pecadores.

Con la ayuda de la gracia divina hemos de dar pasos decididos para convertir nuestras parroquias y movimientos apostólicos en espacios de amistad, donde sea posible vivir la fe desde la comunión fraterna. La fe no se vive nunca de forma individual sino desde la comunión con los hermanos. Si avanzamos en esta dirección, las comunidades cristianas serán lugares acogedores, en las que brillará la ayuda mutua y en las que tendrán también cabida quienes no comparten nuestras ideas.

Pensando en la nueva evangelización, los cristianos hemos de dar mucha importancia al respeto escrupuloso a cada persona y a la búsqueda del bien común. En un mundo, en el que percibimos que cada uno pretende convertirse en centro de referencia de todo como consecuencia de la difusión del subjetivismo y del individualismo, es urgente la formación de las conciencias en el respeto a los valores fundamentales de la persona para no poner en peligro la vida del ser humano y el bien de la sociedad.

En este sentido, cobra todo su sentido la pregunta formulada por Dios a Caín para hacerle caer en la cuenta de la falta de respeto a la vida de su hermano Abel: «¿Dónde está tu hermano?». Esta pregunta tendría que resonar constantemente en el corazón de cada ser humano, puesto que la vivencia de la fraternidad y la búsqueda del bien común tienen su fundamento en el mandato de Dios de cuidar de nuestros semejantes para que tengan una vida digna y para que nos les falte el sustento necesario.

Si partimos de aquí, parece evidente que no podemos conformarnos con vivir de las apariencias y de la exterioridad. Hemos de valorar y cuidad mucho más la vida interior. En el ámbito de la interioridad es donde se unifica el ser y el obrar de la persona. Mirando a nuestro interior, todos podemos reconocer nuestra dignidad de hijos de Dios, llamados a vivir en libertad sin romper la unión con la fuente de donde mana la vida verdadera.

En la medida en que ayudemos a los demás a descubrir que la vida tiene un sentido y que hemos de ser responsables de la misma, estaremos abriendo caminos para la maduración de las personas y para la consecución de una humanidad reconciliada, atenta y preocupada por el bien común. Esto nos obliga a todos a buscar la verdad sobre el hombre.

Con mi bendición, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez
Obispo de Sigüenza-Guadalajara